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La Ruta del Cómic en Bruselas: cuando las paredes también cuentan historias

6 de febrero de 2026

Bruselas no presume de cómic. Lo integra. Aquí las viñetas no viven encerradas en museos ni se tratan como piezas de culto intocable. Están en la calle. A tamaño real. En fachadas que se cruzan en tu camino mientras caminas sin buscar nada concreto. 

Porque en Bruselas, el cómic no es un recuerdo de infancia: es lenguaje urbano, identidad y memoria colectiva. 

Mural Tintín, Bruselas

 

Bélgica y el cómic: una relación que viene de lejos 

A principios del siglo XX, cuando el cómic todavía estaba buscando su sitio como forma de expresión, Bélgica ya había entendido algo importante: que dibujar historias también era una manera de contar el mundo. 

La llegada de grandes clásicos al mercado belga despertó una afición que no dejó de crecer. Y tras la Segunda Guerra Mundial, esa afición se convirtió en escuela. En industria. En referente. Fue entonces cuando aparecieron nombres que hoy son universales: 

Hergé y su Tintín. 

Peyo y Los Pitufos. 

Lucky Luke, Marsupilami, Spirou y Fantasio. 

No eran solo personajes. Eran símbolos de una forma de narrar clara, irónica, inteligente. Y el país los abrazó como propios. 

¿Cuándo empezó Bruselas a llenarse de cómics?

Cuando la ciudad decidió dibujarse a sí misma.

A finales de los años 80, Bruselas necesitaba algo más que rehabilitar edificios. Necesitaba reconciliarse con su paisaje urbano. La solución no fue borrar, sino añadir. 

En 1991 surgió la idea de transformar muros desnudos en viñetas gigantes. No como decoración, sino como homenaje. A los autores. A los personajes. A una tradición cultural que había marcado generaciones. 

Así nació la Ruta del Cómic: un recorrido vivo que hoy reúne más de cuarenta murales repartidos por la ciudad, pintados directamente sobre fachadas reales, integrados en el día a día del barrio. 

Aquí el arte no se señala con flechas. Se encuentra. 

Una ruta que no se camina igual dos veces 

Los murales se distribuyen principalmente en dos zonas: el centro histórico de Bruselas y el área de Laeken, cerca del Atomium. 

La mayoría se concentran en el corazón de la ciudad. Y no es casual. Es allí donde el cómic dialoga mejor con el ritmo urbano: tranvías, plazas, bares, calles estrechas. Donde los personajes parecen observarte desde la pared mientras sigues tu camino. 

La ruta no es fija. Cambia. Se restaura. Se amplía. 

Es una exposición al aire libre en constante evolución, cuidada con mimo porque, para Bruselas, el cómic sigue siendo algo vivo. 

Mural de la ruta del comic en Bruselas

 

Algunos murales que merece la pena buscar 

No hace falta verlos todos, pero hay encuentros que se quedan más tiempo contigo. 

Lucky Luke 

Uno de los murales más grandes de la ciudad. Más de 180 metros cuadrados dedicados al vaquero que dispara más rápido que su sombra. Imponente, directo, imposible de ignorar. 

Ric Hochet 

Un personaje muy querido en Bélgica. Periodista e investigador, aparece en un mural que conecta con la tradición más local del cómic franco-belga. 

Cubitus 

Aquí, el perro blanco y corpulento ocupa el lugar del Manneken Pis. Un guiño divertido a uno de los personajes más populares surgidos de la revista Tintín. 

Tintín 

El más reconocido. El más fotografiado. Y aun así, sigue funcionando. Tal vez porque no necesita presentación. Aparece cerca del Manneken Pis, como si siempre hubiera estado ahí. 

Le Jeune Albert 

Un mural que captura una escena cotidiana: un niño esperando al tranvía amarillo de Bruselas. Simple, evocador, profundamente urbano. 

XIII 

Una viñeta congelada de una historia de misterio y memoria perdida. Guion belga, trazo reconocible, narrativa adulta. 

Más que una ruta, una forma de mirar 

La Ruta del Cómic no es un recorrido para tachar paradas. Es una invitación a levantar la vista. 

A entender que Bruselas no separa cultura y calle. Que sus héroes no están solo en libros, sino también en muros que envejecen con la ciudad. 

Durante un paseo —o incluso sin saber que estás siguiendo una ruta—, las viñetas aparecen. Y te recuerdan algo sencillo: que contar historias también es una forma de habitar un lugar. 

Y en Bruselas, eso se hace a todo color. 

 

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