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Qué ver en Sare: el casco de media mañana y la montaña de día entero
- Un casco pequeño y un término enorme: dónde está cada cosa
- El casco a pie: la plaza del frontón, las casas rojas y Ortillopitz
- La iglesia de San Martín: galerías de madera y la huella de Axular
- Cuevas, tren de la Rhune y el paso de Lizarrieta
- Cuánto tiempo necesitas y cómo llegar a Sare
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Preguntas frecuentes sobre Sare
- ¿Cómo se llega a Sare sin coche?
- ¿Dónde se aparca en Sare?
- ¿Cuánto tiempo necesito para ver Sare?
- ¿Merecen la pena las cuevas de Sare? ¿Y con niños?
- ¿Hay que reservar el tren de la Rhune? ¿Se puede subir andando?
- ¿Cuál es la mejor época para visitar Sare?
- ¿Qué pueblos hay cerca de Sare y se puede cruzar a España?
En Sare, buena parte de lo que has venido a ver no está donde aparcas. El corazón de Sare (casas rojas alineadas al sol, un frontón presidiendo la plaza, una iglesia con campanario de cinco pisos) lo cruzas a pie en media hora larga; pero las cuevas quedan un par de kilómetros al sur, el tren que trepa a la Rhune arranca en otro alto y el puerto fronterizo donde aún cuelgan las redes para las palomas está más arriba todavía. Antes de planear qué ver en Sare conviene mirar el reloj, porque el tiempo disponible decide cuánto de ese territorio disperso te cabe en el día.
Y casi nada de lo que le dio fama cabe en el mismo plan. El casco pide una mañana; la montaña y la raya, el día entero.

Un casco pequeño y un término enorme: dónde está cada cosa
Sare no es un pueblo de una sola calle. Son unos dos mil setecientos vecinos repartidos en once barrios diseminados por un término ancho, anudados alrededor de una plaza, la del frontón. Llegas esperando cruzarlo entero en una hora y das pronto con el malentendido. El Sare apretado, el de las fotos, es minúsculo, y casi todo lo que lleva su nombre en los folletos queda esparcido cuesta arriba.
Hay una lógica en ese reparto, y tiene que ver con cómo está plantada la vivienda vasca. La fachada principal de la casa labourdina mira al este, a la salida del sol, y vuelve la espalda al mal tiempo que sube del Atlántico. Se cierra al oeste y se abre al naciente. La localidad, en cambio, debe su fama a lo contrario, a lo que pasaba al sur y monte arriba. La caza, el contrabando, el trasiego de mercancías y de gente, las cuevas, el tren a la cima. Todo eso ocurre en el borde, no en el centro.
Por eso la visita depende mucho de cómo llegues. Con coche eliges qué parte del territorio ves; sin coche, lo razonable es sumar Sare a una ruta del Labourd ya organizada.
El casco a pie: la plaza del frontón, las casas rojas y Ortillopitz

Empieza por la plaza, que en los pueblos labourdinos es la del juego antes que la de la iglesia. El frontón ocupa el centro, con el ayuntamiento de soportales a un lado y la oficina de turismo al pie. Alrededor, el casco histórico de Sare es un puñado de calles de casas blancas con el entramado pintado de rojo y de verde. El rojo era sangre de buey, el tinte con que se protegía la madera, y se ha quedado como seña de toda la comarca. Mira las fachadas y verás repetirse el mismo patrón vivienda tras vivienda, vanos amplios al este, muros casi ciegos al oeste.
Sare figura en Les Plus Beaux Villages de France, un sello que en el País Vasco francés comparte, entre otros, con Ainhoa, La Bastide-Clairence y Saint-Jean-Pied-de-Port. A media mañana, las pastelerías sacan el gâteau basque y los quesos de oveja de las laderas. Comida de parada para tomar sin prisa en una terraza, con el frontón enfrente.
A las afueras del núcleo, en una finca de varias hectáreas, espera Ortillopitz, una casa labourdina levantada en 1660 sobre los restos de otra de 1540. Hoy funciona como museo de la etxe, la casa vasca, con su mobiliario original, su viña y sus manzanos. Es la arquitectura del lugar vista por dentro y a tamaño de una sola familia, con paredes de piedra de la Rhune, gran alero y la fachada otra vez mirando al naciente.
La iglesia de San Martín: galerías de madera y la huella de Axular
La iglesia de San Martín preside Sare con aire de fortaleza. Planta robusta, torre cuadrada de cinco pisos y, dentro, tres niveles de galerías de madera corridas a lo largo de la nave, esas tribunas desde las que los hombres seguían la misa mientras las mujeres ocupaban el suelo. Es una iglesia hermosa, parecida a tantas del Labourd. Lo que de verdad la distingue tiene que ver con quién la tuvo a su cargo.
Su párroco, a comienzos del siglo XVII, fue Pedro de Agerre, Axular. Había nacido al otro lado de la raya, en Urdazubi-Urdax, en Navarra, y cruzó la frontera para hacerse cargo de esta parroquia. Aquí escribió Gero, publicado en Burdeos en 1643, el primer libro de prosa original en lengua vasca y, durante siglos, el modelo de cómo se escribía el euskera. Por la misma frontera por la que de noche pasaban el tabaco y el ganado pasó también, a plena luz, una lengua camino de la imprenta. A Sare la cuna de su literatura le salió de la parroquia.
Nada de esto está escrito en las fachadas. Por qué las viviendas se pintan de rojo y miran al naciente, quién fue el cura que metió una lengua en la imprenta, qué cruzaba de noche por los pasos de arriba: cosas que las paredes no explican solas. En buendía llevamos a Sare dos excursiones, una desde Bilbao y otra desde San Sebastián, que se detienen también en Espelette y en Ainhoa. La parada va con un guía, y es él quien pone nombre a lo que ves: el rojo de la madera, la iglesia de Axular, los pasos del contrabando.
Cuevas, tren de la Rhune y el paso de Lizarrieta

La otra Sare empieza donde se acaban las casas. A un par de kilómetros del núcleo, hacia la montaña, están las cuevas de Sare, una galería que el agua fue abriendo en la caliza durante millones de años, con un museo etnográfico y un parque megalítico al aire libre delante. La visita guiada ronda la hora, a catorce grados constantes haga el tiempo que haga fuera, y un montaje de luz y sonido va contando la prehistoria del lugar mientras avanzas por la galería. Conviene meter algo de abrigo en la mochila aunque sea agosto. En días de lluvia y en pleno verano se llenan más que el resto del año, justo por ser un plan a cubierto, así que merece la pena mirar horarios o reservar antes de subir.
Más arriba, en el Col de Saint-Ignace, arranca el petit train de la Rhune, un cremallera que sube a la cima de la Rhune, novecientos cinco metros, desde 1924 y con los mismos vagones de madera con los que se inauguró. Tarda treinta y cinco minutos en trepar la ladera a paso de buey, entre pottoks —los caballitos vascos sueltos por el monte— y rebaños de oveja. Que circule un tren y no una carretera fue una decisión de los vecinos: en 1978 votaron en contra de asfaltar el acceso a la cumbre. Prefirieron seguir subiendo despacio.

Todavía más arriba está el Col de Lizarrieta, a cuatrocientos cuarenta y un metros, la raya con Navarra. Allí los cazadores tienden cada otoño sus redes entre los árboles para la paloma migratoria, y allí estuvieron las ventas, las tiendas de frontera que durante generaciones surtieron al contrabando. A Sare la llamaban la capital del contrabando vasco; al oficio, por no nombrarlo, lo llamaban gauazko lana, el trabajo de noche. De aquello quedan los caminos, alguna venta abierta y el nombre. La frontera de hoy es un territorio compartido, Xareta, que enlaza Sare y Ainhoa con Urdax y Zugarramurdi, ya del lado español.
Cada uno de estos tres altos pide su tiempo y, los dos primeros, su entrada. Ninguno es un alto de paso. En verano y en los puentes, el tren de la Rhune llena sus salidas y toca esperar; la cima, a novecientos metros, lo mismo te regala un horizonte hasta el mar que una niebla que no deja ver el vagón de delante. Son planes de media jornada cada uno, no paradas de cuarto de hora.
Cuánto tiempo necesitas y cómo llegar a Sare

La decisión conviene tomarla antes de subir, y no a mitad de mañana cuando ya no da tiempo a nada. Para ver Sare en un día con sus afueras, las cuevas, el tren y el paso, necesitas la jornada entera y, salvo que vengas en un tour, coche, porque los tres altos no enlazan en transporte público y entre uno y otro hay que conducir. Si solo tienes media jornada, quédate en el centro y recórrelo sin prisa, la iglesia, las casas y Ortillopitz, con la mesa de por medio. Intentar las dos mitades a la vez es la forma más segura de no ver bien ninguna.
Sare está a catorce kilómetros de San Juan de Luz y a un paso de la muga. Si la duda es cómo llegar a Sare desde España, la entrada natural es por Navarra. Sin coche, la única manera cómoda de encadenar Espelette, Ainhoa y Sare en una misma jornada es una excursión organizada.
Es lo que hacemos en buendía desde Bilbao y desde San Sebastián. Un día por estos tres pueblos del Labourd sin convertir la dispersión en una mañana de cálculos, aparcamientos y tiempos muertos. La parada en Sare cae en el centro, con un guía al lado para contarlo; las cuevas y la Rhune se quedan para esa otra Sare de día entero, la que pide volver.
Sare se reparte entre una plaza que cabe en media mañana y una montaña que se lleva el día entero. Cuál de las dos pisas primero decide el viaje. Conviene resolverlo antes de aparcar.
Preguntas frecuentes sobre Sare
¿Cómo se llega a Sare sin coche?
Sare está a catorce kilómetros de San Juan de Luz, el enlace ferroviario más cercano, pero las líneas regulares de autobús al pueblo son escasas y no encadenan entre sí los pueblos del interior. Para recorrer Espelette, Ainhoa y Sare en una misma jornada sin conducir, la opción práctica es una excursión organizada; buendía opera dos, una desde Bilbao y otra desde San Sebastián.
¿Dónde se aparca en Sare?
Hay aparcamiento a la entrada del núcleo, cerca de la plaza del frontón, y zonas adicionales en los accesos al pueblo. Las cuevas y el Col de Saint-Ignace, donde arranca el tren de la Rhune, cuentan con sus propios aparcamientos. En verano y festivos, las plazas del centro se llenan pronto, así que conviene llegar temprano. Una vez aparcado, no necesitas el coche dentro del centro: plaza, iglesia y primeras calles quedan a un paseo corto y llano.
¿Cuánto tiempo necesito para ver Sare?
Para el casco (plaza, iglesia, casas labourdinas y Ortillopitz) calcula entre hora y media y media mañana, según entres o no a la casa-museo. Si quieres sumar las cuevas, cerca de una hora de visita, y el tren de la Rhune, media jornada contando la subida, necesitas el día completo.
¿Merecen la pena las cuevas de Sare? ¿Y con niños?
Sí, sobre todo si interesan la geología o la prehistoria: es una galería kárstica con museo etnográfico y un parque megalítico al aire libre, y la visita guiada se acompaña de un montaje de luz y sonido. Es apta para niños, sin grandes desniveles, pero la temperatura ronda los catorce grados todo el año, así que conviene llevar algo de abrigo.
¿Hay que reservar el tren de la Rhune? ¿Se puede subir andando?
En temporada alta (verano, puentes y fines de semana) el cremallera llena sus salidas, de modo que reservar evita esperas largas. Y conviene contar el plan entero: a los treinta y cinco minutos de subida se suman la espera, el rato en la cima y la bajada, con lo que se va buena parte de la mañana. Circula desde 1924 con el material original, sube a 905 metros y no opera durante todo el año. También se puede ascender a la Rhune a pie por varios senderos, contando con un desnivel considerable y calzado de montaña.
¿Cuál es la mejor época para visitar Sare?
Primavera y otoño son los momentos más tranquilos y de mejor luz; el otoño coincide además con la migración de la paloma en el Col de Lizarrieta. El verano concentra la mayor afluencia, sobre todo en el tren de la Rhune. Las cuevas, a catorce grados constantes, se visitan igual en cualquier estación.
¿Qué pueblos hay cerca de Sare y se puede cruzar a España?
Lo más interesante que ver cerca de Sare está en el territorio Xareta: Ainhoa y Espelette en el lado francés, Urdax y Zugarramurdi en Navarra. Desde el Col de Lizarrieta se pasa al lado español sin más trámite; allí están las cuevas de Zugarramurdi, ligadas a la historia de las brujas del Labourd. San Juan de Luz y Biarritz quedan también a corta distancia.