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Sachsenhausen: el campo de concentración desde el que la SS diseñó el sistema nazi
- El modelo: Sachsenhausen y la arquitectura del horror
- El plano que lo cambió todo
- La primera muerte y la primera canción
- La geometría se llena
- El sistema de los triángulos
- El camino al mar
- Lo que queda en pie
- Por qué ir al Campo de Concentración de Sachsenhausen
- Preguntas frecuentes sobre Sachsenhausen
El modelo: Sachsenhausen y la arquitectura del horror

El tren de la S1 sale de Berlín-Friedrichstraße a las 9:47 y llega a Oranienburg 35 minutos después. En el vagón hay gente que va al trabajo, estudiantes con auriculares, una familia con carritos…
El paisaje al otro lado del cristal es el de cualquier periferia europea: polígonos industriales, aparcamientos, supermercados de fachada gris. Nada indica que estás yendo a ningún sitio especial. Eso es, precisamente, lo primero que hay que entender sobre Sachsenhausen.
La banalidad del acceso no es un accidente del tiempo. Era la intención.
A diez minutos a pie de la estación, pasando por calles con casas de jardín y coches aparcados en doble fila, se encuentra la entrada al Monumento Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen. Un campo de concentración que funcionó entre 1936 y 1945. Que en su momento álgido alojó a casi 70.000 prisioneros. Y que no fue un campo más dentro del sistema nazi: fue el gran campo-modelo desde el que la SS diseñó, perfeccionó y exportó el sistema concentracionario al resto de Europa ocupada. No uno entre muchos. El que sirvió de plantilla a todos los demás, incluido Auschwitz.
Hay lugares que uno visita porque ignorarlos es, en cierta forma, una decisión también: ignorar lo necesario para comprender. Esta visita no es agradable, ni lo pretende, pero sí total y absolutamente necesaria para entender la historia.
El plano que lo cambió todo
En julio de 1936, Theodor Eicke tiene un encargo de Heinrich Himmler: construir el campo de concentración “moderno”. Los que existen —Esterwegen, Lichtenburg, el de Berlín-Columbia— son instalaciones improvisadas, herederas del caos de los primeros meses del régimen. Lo que Eicke tiene en mente es otra cosa: un sistema. Una geometría. Un plano.
El terreno elegido está en Oranienburg, a 35 kilómetros al norte de Berlín. Una superficie boscosa de 40 hectáreas, triangular, entre el pueblo y la capital del Reich. En menos de un año, los propios prisioneros —traídos en transporte desde los campos disueltos, con las mantas enrolladas sobre los hombros y los tazones de hojalata colgados al cuello— levantan más de cien edificios. Barracones, cuarteles, edificios logísticos, colonias de viviendas para la SS. En julio de 1936 el bosque está en pie. En julio de 1937, el campo de concentración de Sachsenhausen existe.
La forma definitiva es un triángulo casi equilátero de 600 metros de lado. Una superficie de 18 hectáreas. En el vértice sur, la Torre A: el punto desde el que se ven todas las direcciones, el centro geométrico del control. Las líneas de visión se abren hacia el campo como los radios de una estrella. El nombre que los propios arquitectos de la SS le dieron a este diseño es, en su frialdad, perfectamente descriptivo: la “geometría del terror total”.
No era una casualidad estética. Era una declaración de intenciones.

En 1938, la Inspección Central de los Campos de Concentración —la Inspektion der Konzentrationslager, la IKL— traslada su sede oficial desde la calle Prinz-Albrecht-Straße de Berlín hasta Oranienburg. Desde ese momento, Sachsenhausen no es solo donde están los prisioneros: es desde donde se manda a todos los demás. Desde aquí se fijan las condiciones de vida en cada campo del Reich y de la Europa ocupada. Desde aquí se dictan los reglamentos sobre trabajo forzado, castigos, experimentos médicos. Desde aquí, con el tiempo, se coordina la participación de los campos en el exterminio de los judíos europeos, los gitanos y los prisioneros de guerra soviéticos.
Sachsenhausen es la central. El resto son sucursales.
Eicke —que morirá en 1943 en un accidente aéreo en el frente soviético, antes de ver lo que ha creado— dejó algo más que un campo. Dejó un modelo exportable. Lo que en Sachsenhausen se aprende, se replica. Las normas disciplinarias ensayadas aquí se aplican en Dachau, en Buchenwald, en Auschwitz. Los comandantes que se forman aquí dirigen los campos de toda Europa ocupada. Rudolf Höß, que en enero de 1940 todavía es el segundo comandante de Sachsenhausen —el que hace formar a 800 prisioneros en el patio durante todo un día de invierno glacial, 140 de los cuales mueren esa noche—, en mayo de 1940 recibe el encargo de construir el campo de exterminio de Auschwitz. Lleva consigo exactamente lo que ha aprendido.
El horror tiene arquitectos. Sachsenhausen es donde hicieron las prácticas.

La primera muerte y la primera canción
El 10 de noviembre de 1936, Gustav Lampe muere en Sachsenhausen. Era diputado comunista del Reichstag. Está en el campo desde el verano. Un guardia de las SS le tira la gorra al otro lado del cordón de seguridad. Cuando Lampe va a buscarla —tal y como el reglamento del campo exige que haga— cae acribillado. “En aplicación del reglamento de fugas”, dirá el informe oficial.
Así funciona la legalidad en Sachsenhausen. La víctima colabora, involuntariamente, con la escenografía de su propia muerte.
En las semanas siguientes mueren por torturas en el edificio de celdas de castigo los prisioneros judíos Julius Burg, Bernhard Bischburg, Franz Reversbach, Kurt Zeckendorf y el doctor Friedrich Weißler. El reglamento también los ampara a todos. El reglamento siempre ampara a la SS.
Pero en la Nochebuena de 1936 ocurre otra cosa. Los prisioneros se reúnen en los barracones y empiezan a cantar. No en voz baja, no a escondidas: cantan hasta que las paredes retumban. Es el primer acto de resistencia colectiva documentado en el campo. Los llamarán “noches del retumbo” y se repetirán con cierta regularidad —a veces toleradas por la SS, a veces no.
El kapo del campo Harry Naujoks, comunista alemán que llevará más de seis años internado en Sachsenhausen antes de ser trasladado al campo de Flossenbürg, conservó durante años su armónica: una M. Hohner con su funda original. Está expuesta hoy en el museo. La música, escribe Naujoks, “podía animar y distraer a los prisioneros o fortalecer su espíritu de resistencia”. La SS, que era perfectamente consciente de eso, la utilizaba también para humillar: los prisioneros debían cantar en el camino al trabajo, en los recuentos, en formación. El mismo instrumento servía para las dos cosas.
En el museo, la armónica está bajo una vitrina de cristal. Pesa menos de lo que parece.
La geometría se llena
La arquitectura del terror solo funciona si se la llena de gente. En 1938, Sachsenhausen recibe dos oleadas que multiplican su población por cinco.
En junio, como resultado de una operación en todo el Reich denominada “Aktion Arbeitsscheu Reich”, la GESTAPO deporta más de 6.000 personas catalogadas como “vagos”: parados de larga duración, alcohólicos, personas sin techo, hombres que se habían negado a trabajar en empleos señalados por el Estado. Entre ellos, más de 400 gitanos. La lógica es la de una sociedad que ha decidido que la pobreza es una opción moral y el no-trabajo un delito.
El 9 y 10 de noviembre de 1938 los nazis organizan los pogromos que la historia recordará como la Kristallnacht. En los días siguientes, más de 6.000 hombres judíos de Berlín y del norte y este de Alemania son deportados a Sachsenhausen. Georg Ruhstadt, que estará entre ellos, lo recordará así décadas después:
“Así permanecíamos de pie bajo la intensa luz de los focos durante toda la noche. Continuamente llegaban nuevos transportes y eran empujados hacia el patio de revista y amenazados. Había ya algunos miles procedentes de Berlín. […] Llevábamos una estrella roja y amarilla, compuesta por dos triángulos. Eso significa prisionero político-judío.”
El patio de revista —diseñado para el control visual de unos pocos miles— tiene esa noche más de seis mil hombres de pie en la grava, bajo los focos. Es noviembre. Llueve.
En tres meses, el campo ha pasado de 2.976 prisioneros a más de 14.000. La geometría del terror total no estaba diseñada para escalar. El triángulo perfecto resulta ser, en la práctica, imposible de ampliar sin romper su lógica interna. Tienen que construir el “campo pequeño”: 18 barracones al este de la Comandancia, a toda prisa, sin más plan que meter a más gente. El diseño elegante cede ante la presión demográfica del terror.
Pero el terror se adapta. Siempre se adapta. 
El sistema de los triángulos
Desde la primavera de 1938, los prisioneros llevan en la ropa triángulos de colores cosidos al pecho. Rojo para los políticos. Verde para los “delincuentes profesionales”. Negro para los “asociales”. Rosa para los homosexuales. Amarillo —superpuesto a otro triángulo para formar una estrella— para los judíos. Morado para los Testigos de Jehová. Las iniciales de la nación de origen bordadas encima del triángulo: P para los polacos, F para los franceses, R para los rusos.
El sistema no es solo administrativo. Es una jerarquía visible, una escala de deshumanización pública. Los portadores del triángulo rosa eran asignados con frecuencia a los trabajos más brutales. Los homosexuales fueron enviados en masa a la fábrica de ladrillos —el Strafkommando Klinker—, el lugar que los propios prisioneros llamaban el campo de la muerte dentro del campo. Entre 1939 y 1943, hay documentadas más de 600 muertes de prisioneros con el triángulo rosa. Muchos más desaparecen sin registro.
El sistema de triángulos se exportará, como todo lo demás, desde Sachsenhausen. En Auschwitz llevarán el mismo código cromático. En Bergen-Belsen. En Treblinka.
El prisionero soviético Nikolai Subarew, que sobrevivirá al campo, lo resume con la economía verbal de quien ha tenido que resumir mucho:
“No puedo describir todos los horrores vividos como prisionero en el campo de concentración. Basta con decir que aquí perdíamos nuestro nombre y nos convertíamos en números.”

La pista de zapatos y la fábrica de ladrillos
Dos imágenes del absurdo industrial del campo, separadas por un par de años y un tipo de crueldad diferente.
La primera: desde el verano de 1940, por encargo de la industria alemana del calzado, un grupo de prisioneros recorre una pista especialmente construida alrededor del patio de revista. El circuito mide 700 metros. El objetivo es probar suelas de zapato. Los prisioneros tienen que recorrerlo a paso ligero, con distintos tipos de calzado, bajo todas las condiciones meteorológicas, hasta alcanzar los 40 kilómetros diarios. Los que no aguantaban la velocidad eran golpeados por la SS. Pocos sobrevivían más de unas semanas.
La empresa pagaba por el servicio de prueba. Era un acuerdo comercial.
La segunda: desde 1938, la Deutsche Erd- und Steinwerke GmbH —una empresa de la SS— opera una fábrica de ladrillos a orillas del canal Oder-Havel, a pocos kilómetros del campo. Los ladrillos son para “Germania”: el proyecto de Albert Speer de reconstruir Berlín como capital del mundo, la megápolis que Hitler quería levantar sobre las ruinas de la ciudad existente. Los prisioneros cavan la arcilla, cargan sacos de cemento, construyen las dársenas de acceso al canal. El invierno de 1938-1939, con temperaturas muy por debajo de cero, la enfermería del campo llena de extremidades congeladas.
Heinz Wollmann, judío alemán, lo recuerda con una precisión que solo tiene quien no puede olvidar:
“Tuve que cargar sacos de cemento, me derrumbé. Bubi Krüger me golpeó en la cara con la culata del fusil, aquí mismo, me rompió la nariz, todos los dientes fuera. ‘¡Levántate! ¡Hijo de perra!’”
La fábrica de ladrillos fue concebida como la más moderna y grande del mundo. La arcilla disponible no se prestaba a los métodos de producción industrial previstos. Fue uno de los mayores fracasos de inversión económica de la SS. Sobre los cadáveres de centenares de prisioneros, la empresa no llegó a ser rentable.
El absurdo no empieza en el horror. El horror es el método; el absurdo, el resultado.

El otoño de 1941
Hay una fecha que los historiadores de Sachsenhausen señalan como el punto de no retorno: el otoño de 1941.
Desde el 31 de agosto de ese año, la SS fusila en el recinto industrial del campo a más de 10.000 prisioneros de guerra soviéticos en diez semanas. Es la mayor masacre de la historia del campo. No llegan en condiciones de combatir ni de resistir: llegan ya destrozados por el cautiverio previo y los transportes en vagones de mercancías sin agua ni comida. La SS los ha seleccionado entre los prisioneros del frente oriental bajo criterios raciales y políticos: judíos y supuestos comisarios comunistas primero. El concepto de “supuesto” es, como siempre, elástico.
Para la ejecución, la SS desarrolla un dispositivo específico. Dos salas separadas por un muro. En el muro, una rendija con una vara de medir. La víctima se pone de pie ante la vara, espalda al muro. Desde la sala contigua, un agente de la SS aprieta el gatillo. El tiro pasa por la rendija. La víctima cae. El proceso se repite.
El dispositivo permitía ejecutar varios cientos de personas por jornada sin interrumpir el funcionamiento habitual del campo.
Emilio Büge, prisionero político alemán que lleva dos años en el campo, escribe al poco tiempo:
“El domingo 31 de agosto de 1941 llega el primer transporte de 448 rusos procedente del campo de concentración 315. Eran judíos y 22 soldados, entre ellos tres muertos […]. Por la noche son trasladados, en grupos de unos 20, en coches cerrados al recinto industrial […]. Todo el campo es testigo de esa horrible tragedia.”
En el museo hay un mensaje que un grupo de prisioneros enterró en un tarro de cristal el 19 de septiembre de 1941. Fue encontrado en 1954. Dice:
“Hoy es 19 de septiembre de 1941: acabamos de enterarnos de que en el campo grande han vuelto a ser internados 400 soldados del Ejército Rojo. Todos estamos profundamente consternados por estas masacres que ya superan las mil víctimas. De momento no podemos ayudarlos.”
No podían ayudarlos. Lo sabían. Lo escribieron de todas formas. Lo enterraron para que alguien lo encontrara.
Harry Naujoks, que todavía está en el campo ese otoño, escribe años después:
“El humo de las chimeneas de los crematorios, los vapores que se elevaban desde las ascuas de los huesos, se depositaban sobre el campo y sus alrededores. Cuando los fuegos eran atizados para que ardieran a más temperatura, caían copos gruesos de hollín que dejaban manchas en la ropa, las manos y las caras. Todo el tiempo teníamos presente la matanza. Lo peor era nuestra impotencia.”

La Estación Z
En mayo de 1942, la SS termina de construir en el recinto industrial de Sachsenhausen una instalación que llamará la “Estación Z”. La letra no es casual. Es la última del alfabeto alemán. El fin.
La Estación Z se compone de una fosa de fusilamiento, una sala de ejecución con el dispositivo para disparos en la nuca, y —desde 1943— una cámara de gas con horno crematorio incorporado. Está separada del resto del campo por el muro perimetral. Los prisioneros que entran no salen.
El mismo mes, en el Pentecostés de 1942, se lleva a cabo el primer ahorcamiento público en el patio de revista. La SS obliga a un prisionero a ejecutar la sentencia sobre otro prisionero. Todo el campo forma en el patio. Hay que pasar ante el cadáver con la gorra quitada. Richard Mohaupt, que sobrevive y lo escribe cuatro años después:
“Teníamos que pasar con las gorras quitadas al lado de los cadáveres, y sentíamos un gran respeto por estas víctimas.”
Walter Schwarze, homosexual alemán que estuvo internado en 1940 y 1941 y que de alguna forma consiguió salir, describe lo que significa vivir con la Estación Z como fondo permanente:
“Yo sólo quería irme de allí. Por el olor de la carne humana, de la cremación. No lo aguantaba. Siempre pensé que era algo cruel. Y lo peor de todo eran después los cuervos. Olía y además esos pájaros, esos buitres carroñeros, diría yo, y eso me volvía loco. Y cada día los muertos.”
Setenta mil
El 2 de febrero de 1945, el campo de concentración de Sachsenhausen alcanza la cifra más alta de toda su historia: 69.995 prisioneros. Hombres y mujeres. Repartidos entre el campo principal, los barracones de Oranienburg y los más de cuarenta campos exteriores diseminados por Berlín y Brandeburgo.
Europa entera ha pasado por aquí. Polacos deportados tras el levantamiento de Varsovia. Mujeres checas y ucranianas en campos exteriores que fabrican proyectiles para el ejército alemán. Prisioneros judíos llegados desde Auschwitz cuando las tropas soviéticas se acercan al este. Gitanos supervivientes del Zigeunerlager de Auschwitz-Birkenau, liquidado en agosto de 1944. Jóvenes ucranianos —algunos adolescentes— que trabajaron en fábricas alemanas y fueron enviados al campo por la “infracción” más mínima.
Entre los 69.995 hay un hombre llamado Francisco Largo Caballero. Tiene 82 años. Fue presidente del Gobierno de la Segunda República Española. Llegó a Sachsenhausen en 1942, trasladado desde la prisión donde los alemanes lo tenían retenido en Francia. Los nazis no lo ejecutan —probablemente por su edad y por el riesgo diplomático— pero lo mantienen internado. Cuando las tropas polacas lleguen al campo el 23 de abril de 1945, Largo Caballero estará entre los liberados. Morirá en París tres meses más tarde, en julio de 1945, con el cuerpo roto y el exilio sin resolver.

El camino al mar
En la madrugada del 21 de abril de 1945, el Ejército Rojo avanza hacia Berlín por el norte. La SS da la orden de evacuar.
De los 69.995 prisioneros registrados en febrero, los que pueden caminar —algo más de 33.000— son sacados del campo y forzados a marchar en dirección al Mar Báltico. Entre 20 y 40 kilómetros al día. Sin provisiones suficientes. El que cae rezagado recibe un tiro en la cuneta. El que intenta huir, lo mismo. El resto sigue andando.
El 23 de abril, en el Bosque de Below, cerca de Wittstock, más de 16.000 prisioneros son hacinados en un campamento improvisado al aire libre. Hace frío. No hay comida desde hace días. En los árboles del bosque, los prisioneros graban sus nombres, sus números, las fechas. Algunos de esos árboles siguen en pie.
El 27 de abril, vehículos de la Cruz Roja encuentran a los prisioneros en el bosque. Es la primera comida para la mayoría desde que salieron de Sachsenhausen. Los voluntarios de la Cruz Roja reparten paquetes. Para muchos, es demasiado tarde.
La marcha termina entre el 3 y el 6 de mayo de 1945, en la zona de Ludwigslust, Schwerin y Parchim, cuando las tropas soviéticas y estadounidenses avanzan desde el oeste. La SS huye. Los prisioneros se quedan en mitad del campo, sin fuerzas para seguir ni para celebrar.
El 22 y 23 de abril, las tropas del 47.º Ejército soviético y unidades del 1.er Ejército polaco habían llegado ya al campo principal de Sachsenhausen. Encontraron aproximadamente 3.400 prisioneros, todos enfermos, muchos moribundos. El parte de guerra de la Segunda División de Infantería de Varsovia, fechado el 23 de abril de 1945:
“Tenían un aspecto horrible. Pálidos, anémicos, con caras transparentes, en los huesos […] Los seres humanos cubiertos por llagas y heridas […] lloraban de alegría al ver a nuestros soldados, pero especialmente los polacos cuando vieron a los soldados polacos.”

Lo que queda en pie
Desde la Torre A, el recinto se abre con una claridad que sorprende a quien no lo espera. No hay árboles que interrumpan la visión, no hay esquinas. Solo el triángulo, el cielo y el suelo de gravilla. El patio de revista ocupa unos 15.000 metros cuadrados. Cuando está vacío —y por las mañanas suele estarlo— la escala resulta difícil de asimilar. No hay ningún punto desde el que no estés dentro del ángulo de visión de la Torre.
El recorrido habitual va de la entrada al patio de revista, luego al edificio de celdas de castigo y, cruzando al recinto industrial, a la Estación Z. La grava cruje todo el tiempo bajo los zapatos. Varios kilómetros, a pie, sin que casi nada te prepare para el siguiente punto. Por las mañanas, antes de que lleguen los grupos, el campo puede estar en silencio casi completo. A media jornada llegan los escolares. Los niños también leen las vitrinas. En silencio.
El edificio de celdas de castigo —aquella cárcel en forma de T con 80 celdas donde la SS torturaba, donde Martín Niemöller y Georg Elser estuvieron presos— puede visitarse. En sus paredes hay inscripciones grabadas con uñas.
La Estación Z, en el recinto industrial, ha sido parcialmente reconstruida. La fosa de fusilamiento y los restos de la cámara de gas se pueden ver. No hay forma de prepararse para ello.
En el edificio de la antigua cocina de prisioneros —reconstruido en su estado original con enorme cuidado— está instalada la exposición central del museo: trece estaciones cronológicas que recorren la historia del campo desde 1936 hasta 1945. En los sótanos, en los muros de las columnas, los restauradores descubrieron pinturas que distintas generaciones de prisioneros fueron superponiendo a lo largo de los años: paisajes, rostros, inscripciones en varios idiomas. Se conservan bajo cristal. Son lo más parecido a un testamento que dejaron quienes no pudieron llevarse nada.
Las vitrinas del museo contienen objetos que cuestan mirar: el potro de tortura sobre el que se ejecutaban los 25 golpes del “Tratamiento 25”. La carreta que usaban los prisioneros del “grupo de transporte de cadáveres” para llevar los muertos al crematorio. Un dreidel de madera tallado en el campo exterior de Lieberose por dos prisioneros judíos húngaros cuyos nombres completos no se conocen. Una pitillera con la inscripción K.L. SACHSENHAUSEN grabada a mano. Un libro de canciones confeccionado por el prisionero ucraniano Michail Orlow, cuya muerte fue anotada por los compañeros que continuaron el libro después de que él no pudiera.
La armónica de Harry Naujoks. La corteza del árbol del Bosque de Below con las inscripciones de los prisioneros que acamparon allí siete días antes de ser liberados. El documento en que un arquitecto berlinés llamado Kurt Messerschmidt fue puesto en libertad de Sachsenhausen el 16 de diciembre de 1938, a condición de que emigrara inmediatamente de Alemania. Messerschmidt no pudo emigrar. En 1943 fue deportado de nuevo a Auschwitz-Birkenau. Llegó el 13 de marzo de 1943. Fue asesinado ese mismo día a su llegada.
En las exposiciones no hay música ambiental. No hace falta.

Por qué ir al Campo de Concentración de Sachsenhausen
No todo el turismo sirve para lo mismo.
Hay viajes que son una celebración. Hay viajes que son un descanso. Y hay viajes que son una forma de saber: de entender de dónde venimos y qué fue capaz de hacer la especie humana cuando se organizó para ello. Sachsenhausen es de los terceros.
Sachsenhausen está a 35 minutos en tren de la Alexanderplatz. La entrada al memorial es gratuita. El museo está abierto todos los días excepto el lunes. Tiene audioguías en español, visitas guiadas, materiales pedagógicos en varios idiomas. En media jornada se ve lo esencial; una jornada completa da para todo. Llegar temprano —antes de los grupos escolares— cambia mucho la experiencia. Hay pocas excusas logísticas.
El campo es duro. No de forma sensacionalista: son los propios objetos, el propio espacio y los testimonios reales los que hacen el trabajo. Treinta y cinco minutos antes había oficinas, cafeterías y gente llegando tarde al trabajo.
Sachsenhausen fue el campo desde el que la SS organizó el sistema concentracionario. No es el lugar donde más gente murió. Es el lugar desde el que se diseñó cómo morir. Eso es lo que lo diferencia de otros memoriales, y la razón por la que vale la pena visitarlo aunque uno ya haya estado en Auschwitz o en Dachau.
Los que fueron a Sachsenhausen sin elegirlo dejaron cosas grabadas en los árboles del Bosque de Below, cosidas en los márgenes de los formularios de la fábrica Heinkel, enterradas en tarros de cristal bajo la arcilla de la fábrica de ladrillos. Dejaron esas cosas porque sabían que alguien tenía que encontrarlas. Que alguien tenía que ir.
Ochenta años después, ese alguien puede ser cualquiera que tome el tren de las 9:47 en Berlín-Friedrichstraße.

Preguntas frecuentes sobre Sachsenhausen
¿Qué ver en Sachsenhausen? ¿Cuáles son los puntos imprescindibles?
Hay seis núcleos que no conviene saltarse: la Torre A y la entrada original con el hierro del Arbeit macht frei; el patio de revista, escenario de los recuentos de horas y las ejecuciones públicas; el edificio de celdas de castigo, donde estuvieron presos Martín Niemöller y Georg Elser y donde aún se ven inscripciones en las paredes; la exposición central en la antigua cocina de prisioneros, con trece salas desde 1936 hasta 1945; la Estación Z, en el recinto industrial, con la fosa de fusilamiento y los restos de la cámara de gas; y las pinturas descubiertas en los sótanos de los barracones. La visita completa cubre varios kilómetros a pie y requiere entre cuatro y cinco horas.
¿Cuánto cuesta la entrada a Sachsenhausen?
La entrada al Monumento Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen es gratuita. Las audioguías y las visitas guiadas tienen coste; se pueden contratar en el propio museo o con antelación. Hay guías especializados en español disponibles bajo reserva previa. La excursión a Sachsenhausen de buendía desde Berlín, incluye el transporte en tren, la entrada y guía en español
¿Cómo llegar a Sachsenhausen desde Berlín?
En S-Bahn línea S1 desde Berlín-Friedrichstraße, Berlín-Hauptbahnhof o Berlín-Gesundbrunnen hasta Oranienburg. El trayecto dura entre 30 y 45 minutos dependiendo del punto de salida. Desde la estación de Oranienburg, el memorial está a unos diez minutos a pie en dirección noreste, siguiendo la señalización. También se puede ir en coche —hay aparcamiento— pero el tren es la opción que más contexto da al viaje.
¿Por qué ir a Sachsenhausen y no a otro campo de concentración cerca de Berlín?
Porque Sachsenhausen no es comparable funcionalmente al resto. Fue la sede de la IKL —la Inspección Central de los Campos de Concentración de todo el Reich— y el campo desde el que la SS diseñó y exportó las normas del sistema a todos los demás, incluido Auschwitz. Visitarlo es entender la arquitectura del sistema antes que sus consecuencias. Sachsenhausen no está en otro mundo. Está en el mismo tren, veinte minutos más allá de donde la ciudad termina de parecer ciudad.
¿Se puede visitar Sachsenhausen sin guía?
Sí. Las trece exposiciones permanentes están bien señalizadas y explicadas en varios idiomas. La audioguía en español es una buena opción para quien visite en solitario. Dicho esto, una visita guiada con alguien que conozca el lugar a fondo cambia la experiencia: el contexto que un buen guía puede dar no está en los paneles. Si vas con buendía desde Berlín, la excursión incluye transporte, guía especializado y el tiempo necesario para hacer la visita sin prisas.