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Faro de Ajo: el faro que sobraba en la costa y acabó siendo el más fotografiado de Cantabria

12 de junio de 2026 · Lo lees en 8 minutos

En 1914, cuando todavía era un proyecto sobre el papel, el faro de Ajo se canceló por innecesario. El de Cabo Mayor, en Santander, acababa de electrificarse y barría el Cantábrico con potencia de sobra; una segunda luz en este cabo de Trasmiera no resolvía ningún peligro que la primera no cubriera ya. El expediente se archivó. 

Volvió por la puerta de atrás. Tras tres naufragios frente a la punta, el Ayuntamiento de Bareyo insistió hasta que el proyecto se reaprobó en 1921, recortado. La torre de dieciocho metros y la casa para seis fareros del plan original quedaron en un edificio de una sola planta. Se inauguró en agosto de 1930, el último faro construido en Cantabria. Nació tarde, pequeño y discutido. 

Faro de Ajo antes de la intervención de Okuda

Un siglo después es, con diferencia, el más mirado de la región. Su luz sigue dando tres ocultaciones cada dieciséis segundos y casi nadie las cuenta; lo que atrae a la gente hasta el cabo es la torre de colores que Okuda pintó en 2020. Y esa pintura nació con fecha de caducidad por contrato. 

La torre que pintó Okuda: cien colores con fecha de caducidad 

En agosto de 2020, el artista cántabro Okuda San Miguel cubrió la torre de arriba abajo en tres jornadas de trabajo. Más de cien colores, figuras geométricas fragmentadas, la fauna de Cantabria descompuesta en facetas de cristal. La obra se titula Infinite Cantabria, y se presentó como el primer faro de España intervenido artísticamente. Okuda firma con un código visual reconocible, el mismo de la antigua iglesia que convirtió en pista de skate en Llanera, y aquí lo aplicó sobre un cilindro de hormigón de dieciséis metros que hasta entonces había sido blanco. 

Intervención de Okuda en el Faro de Ajo

La intervención costó cuarenta mil euros y dividió a Cantabria antes de estar terminada. Partidos, colectivos vecinales y grupos culturales pidieron que la torre se quedara como estaba; el Gobierno regional defendió el pintado por motivos turísticos. El primer día que abrió tras la obra entraron mil ochocientas personas a verla. El argumento turístico, al menos en taquilla, se sostuvo solo. 

El detalle decisivo está en el contrato. La obra es temporal por diseño: prevista para un máximo de ocho años, con un acuerdo de cuatro prorrogables a otros cuatro, pasados los cuales el faro podría volver al blanco. Okuda lo dijo el día que terminó. 

El faro que se canceló por innecesario 

La pintura es lo que se ve de lejos; la rareza de Ajo está en el edificio que la lleva debajo. En 1907 se proyectó como uno de los grandes faros del Cantábrico, a la altura de Cabo Mayor: torre de dieciocho metros y vivienda de dos plantas para seis fareros. Siete años después, la electrificación del faro de Santander dejó el proyecto sin trabajo que hacer, y la administración lo paró. La costa, decidieron, ya tenía luz suficiente. 

Faro de Ajo de noche

Lo que lo resucitó fue el mar. Tres barcos se perdieron frente al cabo, y la insistencia del municipio acabó pesando más que el informe técnico. El faro reaprobado en 1921 ya no era el gran proyecto de 1907: alcance de quince millas, una sola planta, lo justo. Cuando por fin se encendió, en 1930, Cantabria no volvería a levantar otro. 

Ni siquiera la torre actual es la de entonces. La de 1930 se quedó corta y, en 1985, un proyecto de hormigón la sustituyó por el cilindro que hoy sostiene la obra; la vieja se demolió. De modo que el faro más mirado de Cantabria es, a la vez, el último que se construyó, el que estuvo a punto de no existir y el que reemplazó a su propia versión original. Okuda pintó un edificio de 1985 sobre una historia que arranca en 1907. 

El acantilado más al norte de Cantabria: La Ojerada y los bufones 

El cabo de Ajo es el punto más septentrional de Cantabria, y el faro se asoma desde lo alto del cantil, con el plano de la luz a setenta y un metros sobre el agua. Antes de que hubiera nada que pintar, lo que traía gente hasta aquí era el filo: la línea donde la meseta de hierba se corta de golpe y empieza el Cantábrico abierto. 

Faro de Ajo en el cabo de Ajo

A un lado está La Ojerada, que en la zona llaman los ojos de Cantabria. Son dos cavidades abiertas en la roca, separadas por una columna irregular, que de lejos miran como una cara de piedra. Funcionan como bufones, pero solo cuando el oleaje acompaña. Con marea alta y marejada, el agua entra por debajo, sube comprimida por un canal estrecho y sale con un bramido que se oye antes de llegar al borde; en los días de mar plano, son dos cuevas y una columna de roca, sin más. No hay horario para eso, lo decide el mar. 

Enfrente, Cabo Quintres levanta uno de los acantilados más altos de la costa cántabra, ciento treinta y dos metros de caída, con el litoral abriéndose hacia Santoña. Y bajando del cabo aparecen las playas: Cuberris primero, en la desembocadura del río Bandera, y al otro lado de la punta Cárcabo la de Antuerta, más brava y solo accesible a pie. Todo eso estaba aquí mucho antes de que existiera el faro. 

Cómo llegar al faro de Ajo y verlo desde Santander o Bilbao 

Llegar es la parte incómoda. La torre está al final de una carretera local que muere en el cabo, sin transporte público que suba a la punta. Sin coche, no hay forma cómoda de plantarse delante. Desde Santander son unos cuarenta kilómetros de costa; desde Bilbao, el doble largo. La finca acotada alrededor del faro abre en temporada de verano, con entrada simbólica, aunque el cabo y la torre se ven igual desde fuera el resto del año. La senda vallada sobre el cantil data de 2015, el año en que el sitio empezó a contarse por decenas de miles de visitas; es llana y corta, y une el faro con los miradores del cabo, de La Ojerada al filo de Quintres. El interior no se visita: es una señal marítima en activo, no un museo. 

orilla escarpada del cabo de ajo

Eso lo deja en una categoría rara, un sitio que se recorre en quince minutos y que cuesta media jornada alcanzar, sobre todo si se quiere encadenar con lo que tiene cerca. Castro Urdiales, con su iglesia gótica y el castillo sobre el puerto, y Santander, con la Magdalena y el Centro Botín, son las dos paradas lógicas del mismo tramo de costa, y reunir las tres por cuenta propia significa tres aparcamientos y bastante carretera secundaria. 

El problema rara vez es el faro; es encajarlo en una jornada de costa que tenga sentido. La excursión que buendía opera desde Bilbao ordena ese tramo en un día: Castro Urdiales y Santander con guía y tiempo libre por la mañana y el mediodía, y el cabo de Ajo al caer la tarde, como parada para mirar, que es lo único que el faro permite y lo que mejor le sienta a esa hora, con el poniente sobre la torre. El traslado va resuelto entre los tres puntos, sin conducir la costa ni repartir el día entre aparcamientos. Y de las tres paradas, la del faro es la única cuya imagen de hoy puede no seguir ahí dentro de unos años. 

El faro de Ajo lleva más de noventa años haciendo un trabajo que la costa nunca necesitó del todo, y lo hace cada noche sin público. Su momento de fama llegó tarde, por la cara que le pintaron, y está fechado: cuando el acuerdo expire, la brocha volverá a pasar de blanco y el cabo recuperará su luz discreta de siempre. Quedan, por ahora, unos cuantos veranos de color. Conviene no dejarlos para el último. 

Preguntas frecuentes sobre el faro de Ajo 

¿Quién pintó el faro de Ajo y qué representa? 

Lo pintó el artista cántabro Okuda San Miguel en agosto de 2020, en tres jornadas de trabajo y con más de cien colores. La obra se titula Infinite Cantabria y representa la fauna y la diversidad de la región en figuras geométricas fragmentadas. Se presentó como el primer faro de España intervenido artísticamente. 

¿Se puede visitar el faro de Ajo por dentro? 

No. Es una señal marítima en activo, no un museo, y no tiene horario de visita por dentro. Lo que abre al público es la finca exterior del faro, en temporada de verano, con entrada simbólica y una senda vallada sobre el acantilado acondicionada en 2015. El resto del año el faro se ve desde fuera. 

¿Cuánto tiempo seguirá pintado el faro de Ajo? 

La obra es temporal por diseño. Okuda la previó para un máximo de ocho años, con un acuerdo de cuatro prorrogables a otros cuatro, después de los cuales el faro podría volver al blanco. 

¿Dónde está el faro de Ajo? 

En el cabo de Ajo, localidad de Ajo (municipio de Bareyo, comarca de Trasmiera, Cantabria). El cabo de Ajo es el punto más septentrional de Cantabria. Está a unos cuarenta kilómetros de Santander por la costa. 

¿Cómo llegar al faro de Ajo? 

En coche, por la carretera local que termina en el cabo. No hay transporte público que suba hasta la punta, lo que complica la visita sin vehículo propio; una alternativa sin conducir es la excursión de un día desde Bilbao que reúne Castro Urdiales, Santander y el faro de Ajo. 

¿Qué hay alrededor del faro de Ajo? 

Junto al cabo está La Ojerada, una formación rocosa con dos cavidades que parecen ojos y unos bufones que braman cuando hay marea alta y mar de fondo. Enfrente, Cabo Quintres levanta uno de los acantilados más altos de la costa cántabra, con ciento treinta y dos metros de caída. Bajando aparecen las playas de Cuberris y Antuerta. 

¿Por qué se dice que el faro de Ajo es el último de Cantabria? 

Porque, pese a proyectarse en 1907, no se inauguró hasta 1930, después de que su construcción se cancelara en 1914 por innecesaria y se retomara tras tres naufragios. Ningún otro faro se ha construido en Cantabria desde entonces. La torre actual, de hormigón, es un reemplazo de 1985

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