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Qué ver en Ronda: dos ciudades, setenta metros de vacío y el puente que las cose
- El Puente Nuevo: dos intentos y 98 metros de caída
- La Ciudad: la medina que llegó entera porque siguió usándose
- El Mercadillo: el barrio que nació para no pagar impuestos
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Preguntas frecuentes sobre qué ver en Ronda
- ¿Cómo se llega a Ronda desde Málaga o la Costa del Sol?
- ¿Dónde se aparca en Ronda?
- ¿Merece la pena dedicar a Ronda el día completo o basta media jornada?
- ¿Merece la pena bajar la mina de la Casa del Rey Moro?
- ¿Se puede combinar Ronda con Setenil de las Bodegas en un día?
- ¿Qué es Acinipo y compensa la excursión?
- ¿Qué se come en Ronda?
Cruzar a pie el Puente Nuevo lleva menos de un minuto. Al sur espera La Ciudad, la medina que capituló en 1485 cuando las tropas del marqués de Cádiz le rompieron la noria que subía el agua desde el fondo del Tajo de Ronda; al norte, El Mercadillo, el barrio que los mercaderes levantaron extramuros ese mismo año para esquivar las alcabalas del recinto amurallado. Casi todo lo que promete la búsqueda de qué ver en Ronda cabe en el eje que va de la plaza de toros al mirador del puente. La mitad más antigua queda a un paso, y casi siempre sin pisar.

El Puente Nuevo: dos intentos y 98 metros de caída
La brecha la abrió el Guadalevín, un río menor que lleva millones de años serrando los conglomerados y areniscas que rellenaron esta cuenca cuando todavía era fondo marino. El corte mide unos cien metros de caída y unos setenta de anchura, y parte la meseta en dos mitades que durante siglos solo se tocaron por abajo, donde la garganta se abre y cruzan el Puente Viejo y el de San Miguel.

El primer intento de coserlas a la altura de la calle se levantó hacia 1735 en pocos meses. En 1741 se vino abajo y mató a medio centenar de rondeños. El definitivo tardó décadas, con obras hasta 1793 bajo la dirección de José Martín de Aldehuela, y los sillares salieron del propio fondo del Tajo, izados con maquinaria desde la garganta. El Puente Nuevo de Ronda mide 98 metros desde el cauce y lleva dentro una cámara que fue prisión y mesón; hoy aloja el centro de interpretación, con acceso por la antigua caseta de vigilancia del lado del Mercadillo.
La Ciudad: la medina que llegó entera porque siguió usándose
El casco antiguo de Ronda, el que los rondeños llaman La Ciudad, ocupa la meseta al sur del corte y conserva su trama de medina porque la conquista reutilizó en vez de derribar. Detrás del retablo del sagrario de Santa María la Mayor sobrevive el arco del mihrab con su decoración de ataurique; la iglesia se montó sobre la mezquita aljama, la torre sobre el alminar, y como las obras cruzaron dos siglos, el gótico tardío desemboca en renacimiento. Los baños árabes de Ronda, de los siglos XIII y XIV, junto al arroyo de las Culebras, pasan por los mejor conservados de la Península porque después de 1485 siguieron trabajando como tenerías: el oficio les mantuvo el techo.

La Casa del Rey Moro guarda la pieza que decidió la guerra. Su mina de agua, obra meriní del siglo XIV, es una escalera de más de doscientos peldaños tallada dentro de la pared del Tajo, con una noria que subía el agua en caso de asedio. En 1485 las tropas castellanas asaltaron la galería, inutilizaron la noria y Ronda capituló en días. La muralla nunca llegó a fallar; falló la sed.
Todo esto queda cuesta abajo, hacia las murallas y la Puerta de Almocábar. La ida baja sola; la vuelta se paga subiendo.
El Mercadillo: el barrio que nació para no pagar impuestos

El Mercadillo no tiene murallas porque nació, precisamente, para quedar fuera de ellas. Tras la conquista, la Corona cobraba alcabalas por cada venta dentro del recinto; los mercaderes montaron sus puestos al otro lado del Tajo, el caserío cuajó alrededor del mercado y aquel arrabal fiscal terminó convertido en el centro moderno, con la Carrera Espinel, que todos llaman La Bola, como calle mayor peatonal.

La pieza que corona el barrio, la plaza de toros de Ronda, quedó lista en 1785 y comparte autor con el Puente Nuevo: la atribución apunta al mismo Martín de Aldehuela. El ruedo es enteramente de piedra, de los más antiguos construidos solo para torear, y aquí fijó Pedro Romero el toreo a pie. De Ronda salen las dos dinastías, Romero y Ordóñez, que cada septiembre justifican la Goyesca, cuando la plaza vuelve a vestirse de época de Goya. El barrio del mercado acabó siendo también el del espectáculo. Y, con los años, el de la llegada: estación, autobuses y aparcamientos desembocan todos en este lado.
Los que vinieron a mirar: del tren inglés a las cenizas de Orson Welles
La cornisa del Mercadillo, de la Alameda a la fila de miradores, es la parte de Ronda construida expresamente para mirar, y su clientela original llegó de fuera. Hacia 1830 ya habían pasado por aquí Washington Irving y Richard Ford, atraídos por una Serranía con fama de bandoleros que alimentaba el viaje romántico andaluz. Faltaba una forma cómoda de llegar, y la puso el dinero británico. El ferrocarril de Bobadilla a Algeciras, con el tramo de Ronda terminado entre 1891 y 1892, lo financió capital inglés para enlazar Gibraltar con la red española, y subió hasta la meseta al viajero victoriano. De aquel flujo salieron el hotel Reina Victoria, proyectado en 1906 por un arquitecto londinense sobre el filo de la cornisa, y el paseo de los Ingleses que lo bordea.

De aquella clientela quedaron tres nombres. Rilke pasó en el Reina Victoria el invierno de 1912 a 1913, y el hotel conserva su habitación; la frase de la «ciudad soñada» que hoy repiten los folletos la difundió el propio establecimiento. Hemingway, amigo de Antonio Ordóñez, situó en un pueblo como este la escena de los despeñados de Por quién doblan las campanas, un vínculo que la tradición local da por hecho con más entusiasmo que documentos. Orson Welles pidió quedarse en la finca rondeña de los Ordóñez, y allí reposan sus cenizas desde 1987. Vinieron a mirar el Tajo, y Ronda terminó construyendo su fachada hacia el vacío.
Cómo recorrer Ronda en un día y desde dónde mirar el puente
Qué ver en Ronda en un día tiene respuesta corta, y es incómoda. El eje entre la plaza de toros y el Puente Nuevo concentra a casi todo el mundo entre media mañana y media tarde, cuando descargan las llegadas desde la Costa del Sol; a esas mismas horas, la medina y los caminos del fondo se quedan medio vacíos. La hora pesa más que la lista. Recorrer Ronda a pie lleva tres o cuatro horas sin contar interiores; conviene reservar el eje para las horas valle, dejar La Ciudad o los molinos para los extremos de la jornada y meter la cuesta en el cálculo, porque la mina del Rey Moro pide de veinte a treinta minutos de escalera húmeda entre bajada y vuelta, y en verano la subida castiga. El eje del Mercadillo, en cambio, es prácticamente llano y va bien con carrito o con movilidad reducida; La Ciudad y los caminos del fondo son otra categoría: cuesta, escalón y firme irregular.

El puente, además, no aparece desde el puente. Para la garganta sin esfuerzo bastan los miradores de la cornisa, el de Aldehuela el primero. El alzado completo del arco exige bajar por el Camino de los Molinos, un zigzag asfaltado que regala la vista frontal desde el fondo y cobra la subida al volver: conviene contar con que la vuelta pide el doble de tiempo que la bajada. Y para verlo sentado está el jardín de la Casa Museo Don Bosco, un palacete con entrada de pago modesta cuya terraza cae justo enfrente del arco.
Llegar es la parte menos resuelta. Desde Málaga o la Costa del Sol hay hora y media larga de carretera de montaña; para visitar Ronda sin coche, el tren de la vieja línea inglesa pasa pocas veces al día —y la línea sufre cortes por obras que conviene comprobar antes— y el autobús se toma su tiempo, con el aparcamiento empujado al perímetro en temporada alta. Esa primera criba —qué Ronda ver, en qué orden, qué dejar para el tiempo libre— es lo que la visita guiada de buendía resuelve: la excursión a Ronda desde Málaga entra primero en Setenil de las Bodegas, recorre después Ronda con guía tomando el Puente Nuevo como referencia y deja tiempo libre para comer y rematar lo pendiente, antes de bajar por la tarde a Puerto Banús y devolver al grupo a la costa (la misma fórmula opera también desde Sevilla y desde Granada).

Al caer la tarde, cuando los autobuses enfilan ya hacia la costa, cada barrio vuelve a su lado del corte. La Ciudad apaga pronto sus calles caladas; El Mercadillo estira la cena en la cornisa. Entre los dos quedan setenta metros de aire y, debajo, encendido, el arco que necesitó dos intentos para sostenerse.
Preguntas frecuentes sobre qué ver en Ronda
¿Cómo se llega a Ronda desde Málaga o la Costa del Sol?
En coche, la subida desde la costa es una hora y media larga de carretera de montaña en buen estado. El tren utiliza la histórica línea de Bobadilla a Algeciras, con pocas circulaciones al día y tramos en obras que provocan cortes temporales, así que conviene comprobar el servicio antes de planificar; el autobús de línea existe pero alarga el trayecto. Las excursiones organizadas, como la que opera buendía desde Málaga combinando Setenil, Ronda y Puerto Banús, resuelven el transporte y los horarios en una sola reserva.
¿Dónde se aparca en Ronda?
Los aparcamientos útiles están en el lado del Mercadillo, cerca de la plaza de toros y de la Alameda; el casco antiguo del lado sur no es sitio para el coche. En temporada alta conviene llegar a primera hora o asumir que se aparca en el perímetro y se entra andando, lo que en la práctica añade un paseo de varios minutos cuesta arriba.
¿Merece la pena dedicar a Ronda el día completo o basta media jornada?
Media jornada da para el doble casco y los miradores, que es lo que hace la mayoría. El día completo aparece en cuanto se suman interiores: la mina del Rey Moro, los baños árabes, Santa María y la bajada al Camino de los Molinos van ocupando huecos que el visitante de pocas horas tiene que sacrificar. Si la visita llega en excursión con tiempo libre, ese tiempo rinde más en La Ciudad que repitiendo el eje del puente.
¿Merece la pena bajar la mina de la Casa del Rey Moro?
Es la obra que explica la caída de la Ronda nazarí y el único interior que baja por dentro de la pared del Tajo hasta el río. A cambio exige más de doscientos peldaños de bajada y los mismos de vuelta, sin ascensor ni atajo, así que no es plan para movilidad reducida. Con calzado que agarre y sin prisa, compensa.
¿Se puede combinar Ronda con Setenil de las Bodegas en un día?
Sí, y es la combinación más habitual: Setenil queda a menos de media hora por carretera y su visita razonable es breve, así que funciona como primera parada antes de dedicar a Ronda el grueso del día. La excursión de buendía desde Málaga sigue exactamente ese orden. Setenil tiene además entidad propia suficiente como para leer sobre el pueblo antes de ir.
¿Qué es Acinipo y compensa la excursión?
Acinipo, «Ronda la Vieja», es la ciudad romana que precedió a la actual, a unos 18 kilómetros, con un teatro del siglo I a.C. tallado en parte en la roca viva. Acuñó moneda propia con racimos de uva en el anverso, un detalle que hoy rima con los vinos de la Serranía. Hace falta coche, el recinto es esencialmente el teatro y su meseta, y el horario de apertura es irregular: conviene comprobarlo el mismo día antes de desviarse. Compensa como complemento de una segunda visita más que como prioridad del primer día.
¿Qué se come en Ronda?
Lo más identitario es el rabo de toro, herencia directa de la tradición taurina de la Maestranza, y de postre las yemas del Tajo, el dulce local. La comarca produce además vino con denominación propia, la subzona Serranía de Ronda dentro de la D.O. Sierras de Málaga, presente en las cartas de la ciudad y con bodegas visitables en los alrededores.