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Qué ver en Girona: la ciudad que nació de espaldas al Onyar y acabó haciendo de Braavos

por Pablo San Román | Chief Brand Officer | buendía
9 de junio de 2026 · Lo lees en 9 minutos

La estampa que casi todo viajero se lleva de Girona, las casas de colores asomadas al Onyar, es en origen la parte trasera de una muralla. Esas viviendas nacieron pegadas al muro, sin una sola ventana al agua, un cinturón ciego que daba la espalda al río para proteger la villa. El color que hoy las hace inconfundibles llegó mucho después, en una rehabilitación de 1983. 

Casas colores Onyar

Las casas de colores del Onyar: una trasera de muralla pintada en 1983 

Desde el Pont de les Peixateries Velles, el puente de hierro rojo que la empresa de Gustave Eiffel montó en 1877, doce años antes de la torre de París, la hilera de frentes sobre el Onyar parece tan antigua como el casco que tiene detrás. No lo es del todo. Las viviendas llevan siglos ahí, pero el conjunto de colores que las vuelve fotografía es una decisión de taller. En la rehabilitación de 1983, los arquitectos Josep Fuses y Joan Maria Viader dirigieron la obra y los pintores Enric Ansesa y Jaume Faixó rascaron los muros, estudiaron los restos de pintura vieja y sintetizaron treinta y dos tonos de pigmento de tierra. Tienen nombre propio: rojo inglés, verde Cadaqués, gris de Payne. 

pont peixateries y casa de colores

La mayoría cruza el puente, dispara la foto y sigue. Esa hilera es una composición reciente, afinada como un decorado, montada sobre unas casas que durante siglos miraron hacia el otro lado y solo tarde abrieron sus balcones al agua. Ese detalle pasa desapercibido en una visita rápida, y cambia bastante cómo se recorre el casco antiguo de Girona. 

La ciudad-llave: por qué Girona vivió detrás de una muralla 

vista aérea Girona

La respuesta está en el mapa que durante siglos consultaron los ejércitos. La villa nació como Gerunda, una plaza fortificada que Roma levantó sobre la vía que unía la Galia con el resto de la Península. Esa posición la condenó a ser la llave del paso. Un ejército que quisiera entrar en Cataluña desde Francia se topaba con una sucesión de plazas fuertes: Roses, Figueres, Girona, Hostalric. Girona era el cerrojo del medio. 

Ese papel tiene forma física. El recinto viejo corona una loma estrecha junto al Onyar, en el paso natural hacia el sur; desde lo alto del recinto, el valle se domina de un vistazo. 

Le costó caro. Fue asediada una y otra vez a lo largo de su historia, y el cerco más duro llegó en 1809, cuando la Grande Armée de Napoleón la rodeó durante siete meses. La plaza aguantó bajo el mando de Mariano Álvarez de Castro hasta que el hambre y el tifus la obligaron a capitular el 12 de diciembre. De aquel encierro le quedó el apodo con el que todavía se nombra a sí misma: la Immortal. 

Muralla Girona

Hoy ese perímetro defensivo se recorre andando. El Passeig de la Muralla encadena los tramos romano, carolingio y medieval en un camino de ronda elevado, con torres a las que se sube y desde las que Girona aparece como lo que fue durante siglos, un recinto cerrado, pensado para resistir y no para recibir visitas. El paseo tiene varios accesos repartidos por el borde del Barri Vell; tomarlo por el lado de Sant Domènec permite subir en pendiente suave y salir cerca de la catedral. 

La nave más ancha del gótico, el call y unos baños que no son árabes 

Catedral de Girona

Girona conserva además tres cosas que no es fácil encontrar juntas en una misma ciudad. La primera, la nave más audaz del gótico. En 1417, una junta de maestros de obra discutió si rematar la catedral con tres naves, como mandaba la costumbre, o con una sola. Ganó la opción temeraria, una nave única de 22,98 metros de ancho que está considerada la más ancha del gótico en el mundo, y la segunda de cualquier estilo tras San Pedro del Vaticano. Se accede a ella por una escalinata barroca de noventa peldaños, los mismos que un caballo subió al galope en una de las series más vistas de la última década. La escalinata impone más en la fotografía que en persona; subirla entera cuesta un par de minutos. 

Tiene también uno de los barrios judíos mejor conservados de Europa. El call ocupa la ladera en torno a la Carrer de la Força, un trazado de callejones, arcos y patios donde una comunidad vivió documentada desde el año 888 hasta la expulsión de 1492. De aquí salió el sabio Bonastruc ça Porta, Nahmànides, y aquí tuvo fuerza la cábala medieval; hoy lo recuerda el Centre Bonastruc ça Porta. 

Y tiene, junto a la catedral, los Banys Àrabs. El nombre engaña. No los levantaron los árabes ni eran musulmanes quienes los usaban. Son una obra cristiana de hacia 1194, románica, construida a imitación de los baños de tradición islámica. 

Braavos, Desembarco del Rey y un mayo cubierto de flores 

Catedral de Girona al atardecer

La serie es Juego de Tronos, y desde su sexta temporada Girona hizo algo insólito. Fue tres ciudades inventadas a la vez. La catedral fue el Gran Septo de Baelor, con Jaime Lannister subiendo a caballo aquella escalinata. La Pujada de Sant Domènec, unos metros más allá, fue la calle de Braavos por la que Arya huye malherida entre un reguero de naranjas. Y el Passeig Arqueològic, junto a los Banys Àrabs, se convirtió en el mercado de Braavos. Muchos visitantes las confunden. La del caballo es la de la catedral; la de las naranjas, la de Sant Domènec. 

escaleras Girona

A esa Girona convertida en plató, la que hace de otras ciudades en pantalla, se le suma cada primavera una puesta en escena propia y efímera. Desde 1954, y de forma ininterrumpida desde 1956, el casco se cubre de flores durante una semana de mayo. Es el Temps de Flors, más de cien espacios montados con composiciones florales por patios, escaleras e iglesias. En 2026 cae del 9 al 17 de mayo. Es, probablemente, la semana más fotogénica del año, y también la más difícil. Las calles del Barri Vell son estrechas y la afluencia las desborda: colas en los puntos populares, avance lento, hoteles llenos. Para ver Girona y no la masa conviene ir entre semana y a primera hora; y para encontrar la Girona de piedra desnuda, la de la plaza fuerte, casi cualquier otro mes sirve mejor. 

Cómo ver Girona en un día y recorrer el Barri Vell a pie 

Escaleras, catedra, barii vell Girona

En la práctica, qué ver en Girona cabe en un paseo. El Barri Vell se recorre a pie, y casi entero de una sentada, compacto y peatonal, al otro lado del cauce; desde la estación, la del tren de alta velocidad incluida, el casco queda a un cuarto de hora andando. Para saber qué hacer en Girona en un día sin coche, el itinerario natural arranca en los puentes sobre el Onyar (el de Pedra y el de hierro de Eiffel) para mirar las fachadas de frente, entra por la Rambla de la Llibertat y la Carrer de l'Argenteria, sube al call por la Carrer de la Força, alcanza la catedral y la basílica de Sant Feliu, baja a los Banys Àrabs y al monasterio románico de Sant Pere de Galligants, y termina arriba, en el Passeig de la Muralla. El núcleo esencial se anda en tres o cuatro horas; con los interiores (catedral, museo de los judíos, baños) pide la jornada entera. 

Esa es la trampa de Girona cuando se visita desde Barcelona. Está cerca, pero llegar en coche y encadenarla con los clásicos de la zona, el Dalí de Figueres y el Cadaqués marinero, significa pelearse con la AP-7, aparcar en tres cascos históricos distintos y subir el puerto de montaña que cae sobre Cadaqués. En transporte público, los enlaces entre los tres no siempre acompañan. 

Conviene entonces quitarse el coche de encima, y ahí entra buendía. Nuestra excursión a Girona, Figueres y Cadaqués desde Barcelona es una jornada en autobús privado, con guía y traslados resueltos, que reúne las tres el mismo día: sin conducir, sin aparcar en tres cascos distintos y sin calcular enlaces entre pueblo y pueblo. Girona se recorre fácil, pero buena parte de lo que la hace distinta, como el río que es en realidad un muro o unos baños que no son árabes, pasa de largo si nadie lo señala. Ahí, más que en el transporte, está el valor de recorrerla con alguien que la ordene, y de decidir qué merece una segunda visita. Para conocer la ciudad a fondo conviene volver y darle el día entero que pide; para verla por primera vez dentro de una ruta por la Costa Brava, el día queda hecho. 

Desde cualquiera de sus puentes, esa fila de fachadas parece el frente más cuidado de la ciudad. Es el lado por el que Girona, durante siglos, prefirió no ser vista, y el que hoy no para de fotografiarse. 

Preguntas frecuentes sobre qué ver en Girona

¿Cómo se llega a Girona desde Barcelona? 

En tren es lo más cómodo: el AVE/Avant cubre el trayecto en menos de tres cuartos de hora y los Rodalies (línea R11) algo más despacio y por menos dinero. La estación de Girona queda al otro lado del Onyar respecto al Barri Vell, a un paseo corto a pie. En coche, por la AP-7; el inconveniente no es la distancia, sino aparcar al llegar. 

¿Dónde se aparca en Girona? 

El casco antiguo es peatonal, así que no se aparca dentro. Lo práctico es dejar el coche en los aparcamientos de la zona nueva, cerca de la estación o del parque de la Devesa, y cruzar uno de los puentes a pie. En temporada alta y durante el Temps de Flors conviene contar con que se llena pronto. 

¿Se puede combinar Girona con Figueres y Cadaqués en un día? 

Sí, es la jornada clásica de la zona: ciudad medieval, el Teatro-Museo Dalí de Figueres y el Cadaqués marinero. En coche es factible pero ajustado, con aparcamientos en tres cascos distintos y el puerto de montaña hasta Cadaqués. En transporte público los enlaces son incómodos; por eso muchos lo resuelven con una excursión guiada desde Barcelona que encadena los tres con los traslados resueltos. 

¿Qué se come en Girona? 

El dulce más típico es el xuixo, un cilindro de masa frita relleno de crema y espolvoreado de azúcar, de origen gironí. Más allá del xuixo, la cocina de la zona es la de l'Empordà —mar y montaña, guisos, embutidos—, y la provincia presume de una de las mejores mesas del mundo a las afueras de la ciudad. 

¿Merece la pena recorrer el Passeig de la Muralla? 

Sí, y además es gratis. El camino de ronda va por encima de la antigua muralla, con torres a las que se sube y las mejores vistas del casco y de la catedral desde lo alto. Se recorre un buen tramo en menos de una hora; los accesos están repartidos por el borde del Barri Vell, así que puede tomarse como inicio o como final del paseo. 

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