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Qué ver en Potsdam: la ciudad-palacio donde se repartió Europa
- Antes que los palacios, un cuartel
- Cecilienhof: una casa de campo inglesa y una mesa redonda
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Preguntas frecuentes sobre Potsdam
- ¿Cómo se llega de Berlín a Potsdam?
- ¿Cuánto tiempo hace falta para ver Potsdam?
- ¿Se pueden ver Sanssouci y Cecilienhof el mismo día?
- ¿Hay que reservar para entrar en los palacios?
- ¿Se puede entrar en la sala de la Conferencia de Potsdam?
- ¿Merece la pena combinar Sachsenhausen y Potsdam en un día?
- ¿Qué más hay cerca de Potsdam?
Tres hombres, Churchil, Truman y Stalin, se repartieron Europa en el verano de 1945, sentados a una mesa redonda en un palacio de Potsdam con aspecto de granja inglesa. Los había llevado allí una razón práctica: Berlín estaba arrasado y, a media hora de distancia, los palacios de Potsdam seguían intactos. Conviene empezar por ahí para saber qué ver en Potsdam, porque explica todo lo demás. Los reyes de Prusia levantaron esta ciudad entera para representar su poder, y ese escenario, por seguir en pie, terminó siendo la sala donde se firmó el final de ese mismo poder.
Antes que los palacios, un cuartel

Potsdam fue cuartel antes que corte. Federico Guillermo I, el Rey Sargento, un monarca obsesionado con su ejército, la convirtió en ciudad de guarnición y necesitó llenarla de oficios para sostenerla. Para conseguirlo mandó construir, entre 1733 y 1740, un barrio entero de casas de ladrillo rojo al estilo neerlandés, y trajo a vivir en él a artesanos de los Países Bajos. El Barrio Holandés sigue ahí, ciento treinta y cuatro casas de fachada roja, hoy llenas de cafés y talleres, el mayor conjunto de arquitectura holandesa fuera de los Países Bajos. Conviene tenerlo presente antes de subir a la colina de Sanssouci. Potsdam nació como herramienta del Estado prusiano mucho antes de ser ciudad de placer.
Los dos Federicos: Sanssouci y el Palacio Nuevo

Su hijo, Federico el Grande, heredó el cuartel y lo rodeó de palacios. En 1745 empezó a levantar, sobre una ladera escalonada en terrazas de viñedo, un palacio de una sola planta, tan bajo y tan íntimo que parece la casa de un particular acomodado. Lo llamó Sanssouci, «sin preocupaciones» en francés, el sitio al que se escapaba de la corte para tocar la flauta y cartearse con Voltaire. Casi veinte años después, el mismo rey levantó en el extremo opuesto del parque su reverso. Acababa de terminar la Guerra de los Siete Años, que estuvo a punto de borrar Prusia del mapa, y Federico encargó un edificio descomunal, de más de cuatrocientas estatuas, con un único fin, demostrar al mundo que Prusia seguía entera. Lo bautizó sin disimulo como su fanfaronnade, su fanfarronada.

Sanssouci es el rey en privado; el Palacio Nuevo, el rey en público. Salieron de la misma mano, y entre los dos cabe entera la idea que Federico tenía de sí mismo. El mismo afán dejó una tercera huella en el centro de la ciudad. La Puerta de Brandeburgo de Potsdam, un arco de triunfo que mandó erigir en 1770 para celebrar aquella misma guerra, copia el Arco de Constantino de Roma. Es unos veinte años más antigua que la de Berlín, y casi ningún visitante lo sabe.

En lo más alto de las terrazas de Sanssouci hay una losa de piedra casi sin inscripción. Es la tumba de Federico, que pidió descansar junto a sus galgos italianos y no lo consiguió hasta 1991, cuando una Alemania reunificada cumplió por fin su testamento y lo enterró allí, a medianoche. Los visitantes le dejan patatas encima, en recuerdo del rey que impuso el cultivo para acabar con el hambre. El parque es tan grande que absorbe a la multitud; los interiores de Sanssouci, en cambio, se visitan con horario y en verano hacen cola. Si el tiempo aprieta, conviene quedarse con las terrazas y el viñedo, que no tienen espera, porque el cuello de botella es siempre la entrada al palacio.
Una corte intacta cuando Berlín ardía
Federico y sus sucesores no se detuvieron en un palacio. Levantaron una ciudad entera como paisaje de corte. Durante casi dos siglos, hasta 1916, los Hohenzollern siguieron sumando parques y edificios, y Federico Guillermo IV llegó a italianizar el conjunto con baños romanos y una gran orangerie, una especie de Italia en Brandeburgo. El resultado, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1990, son 2.064 hectáreas y unos ciento cincuenta edificios construidos entre 1730 y 1916, uno de los mayores conjuntos de palacios y parques de Europa. Para ver Potsdam en un día hay que elegir, porque a pie no cabe entero.

Y aquí está la bisagra de toda la historia. Cuando los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial arrasaron Berlín, este decorado real quedó casi intacto. Esa supervivencia, que parece un detalle menor, explica por qué la Conferencia de Potsdam acabó celebrándose aquí y no en Berlín. Con una tarde por delante conviene decidir antes qué Potsdam se quiere ver: el Parque Sanssouci es el siglo XVIII de los palacios y los jardines; el Nuevo Jardín, a tres kilómetros, guarda el siglo XX; y el centro, con el Barrio Holandés, es la ciudad para pasear. Intentar los tres con prisa es la manera más segura de no ver ninguno.
Cecilienhof: una casa de campo inglesa y una mesa redonda

En el extremo norte de la ciudad, a la orilla de un lago, hay un palacio que no parece alemán. Cecilienhof se construyó entre 1913 y 1917 imitando una casa solariega inglesa, con muros de entramado de madera y cincuenta y cinco chimeneas distintas, todas diferentes. Fue el último palacio que levantaron los Hohenzollern antes de perderlo todo en 1918. Y fue precisamente ese aire de granja Tudor, tan poco imperial, el que en julio de 1945 alojó a Truman, Churchill y Stalin.
Durante poco más de dos semanas, los tres vencedores se repartieron Alemania y trazaron la frontera que cortaría Europa durante medio siglo. Por fuera, Cecilienhof sigue siendo una mansión inglesa con jardín. Por dentro conserva intacta la sala de la conferencia: la gran mesa redonda y las banderas de las tres potencias siguen donde estuvieron en 1945. Es uno de los pocos muebles del mundo sobre los que se dibujó un siglo entero.
Del puente de los espías a la visita desde Berlín

La frontera que salió de aquella mesa acabó pasando, literalmente, por los jardines de Potsdam. A las afueras, sobre el río Havel, el puente de Glienicke marcaba el límite entre el Berlín occidental y la Potsdam comunista, y por él se intercambiaron espías en plena Guerra Fría, el más famoso el piloto Gary Powers por el coronel soviético Abel, en 1962, hasta ganarse el apodo de «puente de los espías». Desde 1961 el Muro aisló la ciudad, y la línea de la Guerra Fría llegó a rozar el mismo Nuevo Jardín de Cecilienhof. El poder que Prusia puso en escena se siguió decidiendo aquí mucho después de que Prusia desapareciera.
Verlo todo por libre tropieza con un problema práctico antes que histórico. Los dos parques de Potsdam están a tres kilómetros uno de otro, y Sachsenhausen queda lejos, al norte de Berlín, en Oranienburg, mientras Potsdam cae al suroeste; encadenar el campo y los palacios en una sola jornada obliga a cruzar el mapa de lado a lado y cuadrar trenes y horarios. El día que une las dos mitades, Sachsenhausen por la mañana, donde la SS diseñó el sistema de campos, y Potsdam por la tarde, el palacio donde se firmó el reparto de lo que vino después, lo operamos desde Berlín en buendía, con guía y transporte, para que el viajero se ocupe de mirar y no de los transbordos. Es la manera de ver el contraste entre Sachsenhausen y Potsdam desde Berlín sin perder el hilo que cose la mañana con la tarde. Para quien solo quiere ver la ciudad palaciega de Potsdam, existe también la excursión guiada en tren desde Berlín
Por eso aquella mesa redonda sigue puesta en una casa de campo que finge ser inglesa: porque el decorado que Prusia construyó para mirarse a sí misma resultó ser lo único que quedó en pie cuando llegó la hora de repartir lo que Prusia había sido.

Preguntas frecuentes sobre Potsdam
¿Cómo se llega de Berlín a Potsdam?
Potsdam está a las puertas de Berlín. Hay tren regional y S-Bahn que conectan el centro de la capital con la estación central de Potsdam en torno a media hora. Eso resuelve la llegada, pero no la visita entera: desde la estación, tranvías y autobuses enlazan con unos parques que quedan repartidos por la ciudad. La otra vía es la excursión guiada, que sale de Berlín en autobús y resuelve también el traslado entre las paradas del día.
¿Cuánto tiempo hace falta para ver Potsdam?
Depende de cuánto se quiera abarcar. Solo el Parque Sanssouci, con Sanssouci y el Palacio Nuevo en sus dos extremos, ocupa media jornada cómoda. Sumar el centro histórico con el Barrio Holandés y el Nuevo Jardín con Cecilienhof lleva a la jornada completa. Para una visita de un día desde Berlín conviene elegir dos de esos tres bloques.
¿Se pueden ver Sanssouci y Cecilienhof el mismo día?
Sí, pero están en parques distintos, separados por unos tres kilómetros, así que no se hacen de un paseo. Con una sola tarde, lo razonable es priorizar uno según el interés: Sanssouci para los palacios y los jardines del siglo XVIII; Cecilienhof para la historia del siglo XX.
¿Hay que reservar para entrar en los palacios?
Los interiores de Sanssouci y de Cecilienhof se visitan con entrada por franja horaria, y en temporada alta las plazas se agotan. Conviene reservar con antelación o, si se va por libre, contar con que el interior de Sanssouci es el punto donde se forma cola. Los jardines y las terrazas se recorren sin restricción.
¿Se puede entrar en la sala de la Conferencia de Potsdam?
Sí. Cecilienhof es hoy un lugar de memoria y la sala donde se reunieron Truman, Churchill y Stalin se conserva con la gran mesa redonda original. Es la parte más visitada del palacio.
¿Merece la pena combinar Sachsenhausen y Potsdam en un día?
Son dos visitas de tono opuesto, un campo de concentración por la mañana y los palacios por la tarde, y ese contraste es precisamente lo que ofrece la jornada. La excursión que opera buendía desde Berlín reúne las dos paradas con guía y transporte, de modo que el viajero no tenga que cuadrar trenes ni horarios entre Oranienburg y Potsdam.
¿Qué más hay cerca de Potsdam?
Al otro lado del río está Babelsberg, uno de los estudios de cine más antiguos del mundo, en activo desde 1912, donde se rodaron Metrópolis de Fritz Lang y El ángel azul. Y a las afueras, el puente de Glienicke, el «puente de los espías» de la Guerra Fría, que cruza hacia Berlín.