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Campo de concentración de Terezín: la fortaleza que la SS convirtió en gueto y en propaganda

25 de junio de 2026 · Lo lees en 10 minutos

Una fortaleza al norte de Bohemia se construyó para detener a un ejército que nunca llegó. La mandó levantar el emperador José II en 1780, la bautizó Theresienstadt en honor a su madre, la emperatriz María Teresa, y la diseñó para cerrar el paso a las tropas prusianas que podían bajar desde Sajonia hacia Praga. Nunca disparó en su defensa: ningún ejército la asedió, y en 1882 el imperio la dio de baja como plaza militar. El campo de concentración de Terezín ocupa, siglo y medio después, exactamente esos mismos muros. 

La SS no construyó Terezín. Lo encontró ya hecho. 

Esa es la primera idea que conviene llevar puesta antes de bajar del autobús, porque cambia lo que uno mira. Auschwitz y Sachsenhausen fueron levantados para lo que pasó en ellos. Terezín, no. Terezín era una ciudad terminada, con su trazado en cuadrícula, sus cuarteles y sus puertas, y al régimen nazi le bastó con cambiarle el uso. 

vista aerea Terezin

La ciudad que se construyó para una guerra que no llegó 

El conjunto es en realidad dos recintos. Junto a la confluencia de los ríos Ohře y Elba, los ingenieros de José II los trazaron en forma de estrella, abaluartados según la escuela francesa de la época, separados por el cauce del Ohře. El mayor encerraba una población de guarnición para más de diez mil soldados; el menor, al otro lado del río, hacía de fuerte auxiliar. Diez años de obra para una plaza fuerte que la artillería volvió anticuada casi antes de terminarse. 

Lo que la hacía inexpugnable de puertas afuera la hacía también hermética de puertas adentro. Una muralla baja y ancha, un foso, un puñado de puertas controlables, un trazado interior donde cada tramo desemboca en otro vigilable. El mismo diseño que servía para que no entrara un regimiento servía, sin tocar un ladrillo, para que no saliera nadie. En 1941 esa cualidad valía más que cualquier alambrada. 

Una cárcel de la Gestapo y un gueto, separados por un río 

pequeña fortaleza terezin

El fuerte menor tenía oficio de cárcel desde antiguo. Bajo el imperio austrohúngaro encerró a presos militares y políticos; allí murió de tuberculosis, en 1918, Gavrilo Princip, el joven que en Sarajevo había disparado contra el archiduque Francisco Fernando y encendido la Primera Guerra Mundial. En junio de 1940 la Gestapo de Praga recuperó aquellas celdas y montó en la Pequeña Fortaleza de Terezín una prisión para enemigos del régimen: resistentes checos, prisioneros soviéticos y yugoslavos, algún prisionero de guerra británico. No era un campo para judíos. Era una cárcel política, con su propia población y su propia contabilidad de muertos. 

Gueto Terezin

El gueto vino después y al otro lado del agua. En noviembre de 1941 la SS expulsó a los vecinos de la villa amurallada y convirtió el recinto mayor entero, sus plazas, calles y cuarteles, en un campo de tránsito para los judíos de Bohemia y Moravia, y luego de Alemania, Austria, los Países Bajos y Dinamarca. Dos lugares distintos, dos víctimas distintas, un kilómetro y un río de por medio. Conviene tenerlo claro al llegar, porque la mayoría de quienes visitan Terezín cruzan primero la Pequeña Fortaleza, con su portón coronado por el rótulo Arbeit macht frei, y se llevan la impresión de haberlo visto todo. El otro lado del Ohře, el que parece un pueblo cualquiera, es donde ocurrió casi todo lo demás. 

portón entrada Terezin

Qué pasó dentro: 150.000 personas, 15.000 niños y el tren al este 

Por el gueto de Theresienstadt pasaron más de ciento cincuenta mil judíos. Alrededor de treinta y tres mil murieron dentro, de hambre y de las enfermedades del hacinamiento. Unos ochenta y ocho mil salieron en trenes hacia el este, a Auschwitz y a Treblinka; de todos ellos sobrevivieron apenas tres mil quinientos. Cuando el Ejército Rojo llegó, en mayo de 1945, quedaban con vida unos diecinueve mil. Entre los que pasaron por aquí hubo quince mil niños, y cerca de nueve de cada diez fueron asesinados tras la deportación. 

cementerio en terezin

Esa aritmética no dejó ruina que fotografiar. Terezín no tuvo grandes cámaras de gas ni chimeneas humeantes. Fue una antesala, un lugar donde se esperaba el tren. Por eso lo que hubo dentro cuesta tanto de imaginar desde fuera. Hubo, por ejemplo, una vida cultural densa hasta lo inverosímil, sostenida por presos que habían sido el centro de la música europea: los compositores Viktor Ullmann, Hans Krása, Pavel Haas, Gideon Klein. En septiembre de 1943 se estrenó en la sala de los cuarteles de Magdeburgo la ópera infantil Brundibár, de Krása, cantada por los niños internados; se representó cincuenta y cinco veces. A las pocas semanas de las primeras funciones, los trenes empezaron a llevarse a los intérpretes. 

estatua en terezin

Queda de aquellos niños algo más concreto que las cifras. Una artista vienesa formada en la Bauhaus, Friedl Dicker-Brandeis, daba clases clandestinas de dibujo en uno de los hogares infantiles. Antes de que la deportaran a Auschwitz, en el otoño de 1944, escondió en dos maletas casi cuatro mil cuatrocientos dibujos hechos por sus alumnos. La encontraron después de la guerra. Es la mayor colección de dibujos infantiles del Holocausto que existe, y una parte se expone hoy en el Museo del Gueto, a unos pasos de donde se hicieron. Casi ninguno de los que dibujaron sobrevivió. 

El gueto modelo: el día que la Cruz Roja vio un decorado 

Aquí está lo que separa a Terezín de cualquier otro lugar de memoria de Europa. A comienzos de 1944, mientras los trenes seguían saliendo, la SS ordenó embellecer el gueto. Llamaron a la operación Verschönerung, embellecimiento, y consistió en montar un decorado. Se abrieron tiendas y un café que no servían a nadie, se levantó un pabellón de música y un parque infantil, se pintaron fachadas, se plantaron flores, se repartió ropa limpia. Para que la escena no se viera demasiado llena, en mayo de 1944 deportaron a unas siete mil quinientas personas a Auschwitz. 

El 23 de junio de 1944, una delegación de la Cruz Roja, el comité internacional y la rama danesa, recorrió ese plató cuidadosamente preparado y se marchó tranquilizada. Semanas más tarde, los nazis aprovecharon el montaje para rodar una película de propaganda que mostraba a los judíos viviendo, supuestamente, en un próspero balneario regalado por el Reich. La dirigió, obligado, un actor y director judío-alemán muy célebre en su día, Kurt Gerron. Terminado el rodaje, lo metieron en un tren a Auschwitz, donde fue asesinado aquel mismo otoño, junto a buena parte del reparto. Terezín fue el único campo que los nazis quisieron enseñar al mundo, y lo enseñaron precisamente porque la villa que habían heredado ya tenía aspecto de ciudad. 

Cómo visitar Terezín desde Praga: la Pequeña Fortaleza y el Museo del Gueto 

El recorrido suele empezar en la Pequeña Fortaleza, al este del río. Se cruza el portón con el rótulo de hierro, y detrás aparecen los patios, las celdas estrechas de la prisión de la Gestapo, los túneles del muro y el paredón donde hubo ejecuciones. A la entrada se extiende el Cementerio Nacional, con miles de tumbas, una gran estrella de David y una cruz, abierto después de la guerra para los muertos del lugar. Es la parte más legible del conjunto, la que más se parece a lo que un visitante espera de un campo. 

Cruzando el Ohře está la otra mitad, la ciudad. Sigue habitada, con un par de miles de vecinos, y a primera vista no anuncia nada: una plaza, calles rectas, edificios bajos del XVIII. En uno de ellos, el antiguo hogar de niños conocido como L417, está hoy el Museo del Gueto, con la historia del lugar y los dibujos. Cerca, los cuarteles de Magdeburgo conservan un dormitorio reconstruido y las salas dedicadas al arte, la música y el teatro del gueto. Junto al río, un memorial recuerda que en noviembre de 1944, para borrar el rastro, la SS hizo arrojar al Ohře las cenizas de más de veinte mil incinerados. Ver las dos fortalezas y el museo con calma se lleva buena parte de un día; no es un lugar para hacer con prisa, y conviene llegar con margen, antes de que coincidan los grupos de escolares de media mañana. Los distintos espacios del memorial abren con horarios por temporada, así que conviene revisar la web oficial antes de cerrar la visita. 

El problema, para quien viaja por su cuenta, llega antes de la primera puerta. Terezín está a unos sesenta kilómetros al norte de Praga, con conexiones de transporte público poco prácticas, y lo más grave es lo que no tiene forma de verse: la ciudad-gueto, donde de verdad estuvieron los ciento cincuenta mil, parece hoy una localidad tranquila. Desde Praga, buendía cubre la Pequeña Fortaleza con la entrada incluida y un guía en español que conecta lo que aún se conserva, las calles y los muros, con lo que fueron el gueto y el engaño. La misma salida enlaza Terezín con Karlovy Vary, el gran balneario de Bohemia, en una excursión a Terezín desde Praga de un solo día: la mañana de memoria y la tarde termal, que es otra historia y tiene su propia guía. 

La fortaleza no detuvo a ningún ejército. Detuvo, siglo y medio después de levantarse, a ciento cincuenta mil personas, y durante un verano logró que quienes la visitaron se fueran convencidos de no haber visto nada. Las calles siguen ahí, con gente viviendo en ellas. Los dibujos de los niños siguen en una sala, a la vista de quien quiera entrar a mirarlos. 

Preguntas frecuentes sobre qué ver en Terezín

¿Cómo se llega a Terezín desde Praga? 

Terezín está a unos sesenta kilómetros al norte de Praga. En transporte público se va en autobús desde la estación de Florenc hasta la propia Terezín o hasta la vecina Bohušovice, con frecuencias limitadas y algún trasbordo; en coche es algo menos de una hora por la autopista D8. La mayoría de los visitantes lo resuelve con una excursión organizada, que evita cuadrar horarios y suele combinar Terezín con otra parada en la misma jornada. 

¿Cuánto tiempo se necesita para visitar Terezín? 

Para la Pequeña Fortaleza sola bastan un par de horas. Ver además la ciudad-gueto, el Museo del Gueto y los cuarteles de Magdeburgo con calma se lleva buena parte de un día. Es un lugar exigente, y conviene no hacerlo con prisa ni a última hora. 

¿Qué se visita en Terezín: la Pequeña Fortaleza o el gueto? 

Las dos cosas, y están separadas por el río Ohře. La Pequeña Fortaleza fue la cárcel política de la Gestapo y es la parte más cerrada y reconocible, con el portón del Arbeit macht frei, las celdas y el Cementerio Nacional a la entrada. La ciudad amurallada del otro lado fue el gueto judío por el que pasaron más de ciento cincuenta mil personas; allí están el Museo del Gueto y los cuarteles de Magdeburgo. Quien tenga medio día completo ve ambas. 

¿Qué diferencia hay entre Terezín y Auschwitz? 

Terezín no fue un campo de exterminio, sino un gueto y campo de tránsito: la antesala desde la que la SS deportaba a la gente hacia los campos de la muerte. De hecho, unas ochenta y ocho mil personas salieron de Terezín hacia Auschwitz y Treblinka. Su rasgo propio es haber sido el «gueto modelo» que los nazis maquillaron para enseñárselo a la Cruz Roja en 1944. 

¿Cuánto cuesta la entrada a Terezín? 

La Pequeña Fortaleza y el Museo del Gueto se visitan con entrada (hay billete combinado para los distintos espacios del memorial); las calles de la ciudad, al ser una población habitada, son de acceso libre. En la excursión de buendía desde Praga, la entrada a la Pequeña Fortaleza va incluida. 

¿Es una visita apta para niños? 

El contenido es duro y explícito sobre la represión y el exterminio. El memorial recibe grupos escolares, pero la visita se recomienda a partir de cierta edad y con acompañamiento adulto que ponga contexto. Para niños pequeños no es un sitio adecuado. 

¿Se puede ver Terezín y Karlovy Vary el mismo día? 

Sí. Es una combinación habitual desde Praga: la mañana de memoria histórica en Terezín y la tarde en el balneario de Karlovy Vary. La excursión de buendía une las dos en una sola jornada con guía en español y transporte. (Karlovy Vary tiene su propia guía aparte.) 

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