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Qué ver en Castro Urdiales: la villa pequeña con monumentos de ciudad grande
Castro Urdiales nunca tuvo el tamaño de sus monumentos. Su censo no llega a los treinta mil habitantes y, aun así, dentro caben una iglesia con proporciones de catedral, una colonia romana enterrada bajo las calles y, a un cuarto de hora a pie, un cargadero de mineral en voladizo sobre el Cantábrico. El pueblo no levantó todo eso solo por su tamaño. Lo hizo porque, en tres momentos distintos de dos mil años, economías mucho mayores necesitaron este puerto. Empezar por ahí cambia qué ver en Castro Urdiales y en qué orden mirarlo.

El casco y el promontorio a pie: iglesia, castillo-faro, ermita y puente
La silueta de Castro cabe entera en un promontorio sobre el mar. Un puente medieval de piedra cruza desde el casco hasta una peña donde se tocan tres edificios: la iglesia de Santa María, el castillo, reformado en el siglo XIX para alojar un faro que aún funciona, y la pequeña ermita de Santa Ana, donde los marineros dejaban sus promesas. Es el único puente medieval de Cantabria que enlaza iglesia, castillo y ermita en un solo paso, y se cruza en minutos.
El conjunto se ve mejor de lejos que de cerca. Desde el rompeolas del puerto o desde el paseo, Santa María y el castillo se recortan juntos contra el agua; pegado a sus muros, esa silueta se pierde. Conviene esa primera mirada desde abajo antes de subir.

A espaldas de la peña está el casco histórico, la medieval Media Villa de Arriba, con las calles aún orientadas como en el siglo XIII. Es plano y corto. Una ruta por Castro Urdiales a pie, sin coche, lleva entre dos y tres horas si se queda en el casco, el puerto, Santa María y el castillo-faro; con playa o con el cargadero de Dícido, deja de ser una parada rápida y pide casi el día entero. Arriba, entre el promontorio y la dársena, es donde la visita pide calma; abajo siguen faenando los pesqueros, y el paseo bordea el agua hasta las playas.

Hay tres, y no sirven para lo mismo. Brazomar es la urbana, ancha y resguardada, la de las familias y la que queda a un paso del centro; Ostende y Arenillas, algo más afuera, dan arena sin el bullicio del casco. Para ver Castro Urdiales en un día con tiempo de playa, basta elegir una y dejar el resto para volver.
Flaviobriga: la única colonia romana de toda la costa cantábrica
Antes que el templo y que el pueblo medieval, debajo de las dos cosas, hubo una ciudad romana. Castro fue Flaviobriga, fundada en el siglo I después de Cristo sobre un fondeadero anterior, el Portus Amanus de los pueblos del lugar. Y no fue un campamento ni una aldea: fue colonia, el rango urbano más alto que concedía Roma, y la costa cantábrica no tuvo otra. Esa categoría no se la dio el tamaño del sitio, sino el atraque. Aquí tocaba la ruta marítima que unía Hispania con la Galia, y a una potencia que movía mercancías y tropas por mar le convenía una base aquí. Hacia el año 140 la ciudad se amurallaba.

De aquella colonia queda poco a la vista, porque está literalmente debajo. Los restos asoman en excavaciones bajo el casco, y buena parte de lo recuperado se guarda hoy en el museo de arqueología de Santander. Roma necesitó ese atraque y dejó una ciudad muy por encima de lo que daba el sitio.
Por qué una villa de pescadores tiene el mayor templo gótico de Cantabria

La iglesia que corona la peña es el mayor templo gótico de Cantabria, y su tamaño arranca en 1163. Ese año Alfonso VIII dio a Castro carta de villa y fuero, el primero de una villa marítima en Castilla y el primero de toda la costa cantábrica. Castilla necesitaba una puerta atlántica para comerciar con Inglaterra y Francia, y antes de que Santander creciera fue Castro quien ocupó ese papel; en 1296 llegó a encabezar los puertos cántabros.
A ese tráfico atlántico se sumó pronto otra fuente de riqueza, la ballena. La Cofradía de Mareantes de San Andrés organizó durante siglos una caza que llegó hasta Irlanda y, más tarde, hasta Terranova, y ese comercio enriqueció a la villa. Con el puerto y la ballena dando réditos, Castro levantó un templo dimensionado para el tráfico que movía, no para los vecinos que tenía. La iglesia de Santa María de la Asunción se empezó a principios del siglo XIII y las obras se alargaron hasta el XV; la trazó un maestro que conocía el gótico francés, con tres naves, triforio y grandes ventanales, y por fuera las torres macizas guardan un aire normando. Está protegida como monumento desde 1931 y forma parte del Patrimonio Mundial desde 2015, dentro del Camino de Santiago de la costa.
Dentro se conservan un Cristo gótico tallado a principios del siglo XIV y un Cristo yacente salido del taller de Gregorio Fernández. Verla solo por fuera deja media visita. Dentro, las tres naves y el triforio dan la medida real del edificio, pero el horario de culto y de visita no siempre encaja con una ruta improvisada, así que conviene comprobarlo antes de subir.
El hierro, el cargadero de Dícido y el Castro modernista
La tercera bonanza llegó por el mismo sitio que las otras, el mar, pero en sentido contrario. Esta vez Castro exportaba. En el último cuarto del siglo XIX la siderurgia europea, y sobre todo la británica, empezó a pagar bien el hierro bajo en fósforo que pedían sus hornos Bessemer, y los montes de detrás del pueblo lo tenían. Se abrieron las minas, y los nombres de las empresas delatan quién mandaba. Junto a la Compañía Minera de Setares operaba la Dícido Iron Ore Company, con el rótulo en inglés.

Lo que aquella fiebre dejó más a la vista sigue clavado en el agua a las afueras, en Mioño. El cargadero de Dícido, levantado en 1896 para volcar el mineral de los trenes directamente en las bodegas de los barcos, fue uno de los grandes cargaderos en voladizo del Cantábrico y es el único que sigue en pie de los que tuvo Castro: una lengua de hierro de noventa y cuatro metros sostenida sobre un pilar de sillería, catorce metros por encima del mar. Lo volaron en 1937, durante la guerra, y al año siguiente lo rehicieron; está protegido desde 1996 y hoy se llega a él por una vía verde. Es de lo más llamativo que ver cerca de Castro Urdiales, pero no es una parada de "ya que estamos". Merece el viaje si te tira el patrimonio industrial o quieres salir del casco, y no compensa meterlo con prisa entre iglesia, puerto y playa.
El dinero del hierro, sumado al de los indianos que volvían de América, no se quedó solo en el monte. Pagó un ensanche entero de casas modernistas y regionalistas en el centro, obra sobre todo de Eladio Laredo y de Leonardo Rucabado, que se había formado en la Barcelona de Gaudí y Domènech. Por eso, al bajar de la peña medieval, el paseo cambia de siglo de golpe: miradores acristalados, esquinas curvas y fachadas de autor aparecen entre los edificios del centro.

Cuándo ir a Castro Urdiales y cómo recorrerlo sin agobios
Castro vuelve a llenarse cada verano, y ahora la economía que lo usa es el ocio de Bilbao. La ciudad está a media hora por autovía, más cerca que de Santander, y eso la ha convertido en la playa de muchos vizcaínos. En verano su población se multiplica, y en agosto el casco va lleno, las terrazas no dan abasto y aparcar cerca del centro es una pelea. La villa se camina mucho mejor en primavera o en otoño, o entre semana, cuando el promontorio se sube sin cola y la silueta de Santa María sobre el agua queda sin el gentío del verano. La cornisa cantábrica es húmeda incluso en verano. El promontorio y el casco se ven igual con cielo gris, pero si el plan incluye playa conviene mirar el parte antes de fijar el día.
Llegar es lo de menos. Lo que no se resuelve solo es la desproporción. Plantado delante de la iglesia, nadie advierte que es el mayor gótico de la región, ni por qué un pueblo de pescadores acabó con una colonia romana debajo y un muelle de hierro a las afueras; y los interiores tampoco se visitan por libre con facilidad. Para eso diseñamos en buendía una excursión a Castro Urdiales desde Bilbao que hace de la villa su primera parada del día y pone delante a un guía que ordena el conjunto, evita que la visita se quede en una sucesión de monumentos y explica por qué cada pieza está donde está, antes de seguir a Santander y terminar frente al faro de Ajo. Para resolver qué hacer en Castro Urdiales en un día sin conducir, sin buscar aparcamiento en temporada y con alguien que explique lo que se tiene delante, esa jornada desde Bilbao es la vía directa.
Roma, Castilla y la minería británica usaron este puerto en siglos distintos, y cada una dejó una pieza mayor que la villa que la recibió. Por eso Castro conserva hoy una colonia romana enterrada, el gran gótico de Cantabria y un cargadero de hierro sobre el Cantábrico: restos de economías que pasaron por aquí, hicieron obra y se marcharon.
Preguntas frecuentes sobre qué ver en Castro Urdiales
¿Cómo se llega a Castro Urdiales?
La vía más directa es la autovía A-8: desde Bilbao está a una media hora y desde Santander algo más. No hay estación de tren en la villa, pero salen autobuses regulares desde ambas ciudades. Si vas en coche, lo cómodo es dejarlo a las afueras y bajar al centro andando.
¿Dónde se puede aparcar?
El casco viejo es estrecho y en buena parte peatonal, así que lo práctico es aparcar en las zonas próximas a la playa de Brazomar o en los aparcamientos de la entrada del pueblo y caminar. En agosto y los fines de semana de verano las plazas cercanas al centro se agotan pronto; cuanto antes llegues, mejor.
¿Es Castro Urdiales un buen plan con niños?
Sí. El casco y el promontorio se recorren en un paseo corto y llano, apto para ir con carrito, y la playa de Brazomar queda dentro del propio pueblo, resguardada y de poca pendiente. Lo único que pide algo más de pierna son los desniveles hasta el castillo-faro.
¿Se puede entrar en la iglesia de Santa María de la Asunción?
Sí, fuera de las horas de culto, aunque el horario de visita turística cambia según la época y conviene comprobarlo el mismo día. Ten en cuenta que muchas excursiones organizadas no incluyen la entrada al interior del templo: si quieres ver de cerca el Cristo yacente o las tallas góticas, asegúrate de que tu visita lo contempla.
¿Qué es el cargadero de Dícido y cómo se llega?
Es una estructura de hierro de finales del siglo XIX que volcaba el mineral directamente en los barcos, en la playa de Dícido, en Mioño, a las afueras de Castro. Se llega en coche en unos minutos o caminando por una vía verde acondicionada sobre el antiguo trazado minero. Es de los pocos cargaderos de este tipo que siguen en pie.
¿Castro Urdiales es Cantabria o País Vasco?
Es Cantabria: es el municipio más oriental de la comunidad, pegado al límite con Vizcaya. Por su cercanía a Bilbao, a una media hora, la vida y el veraneo de la villa están muy ligados al País Vasco, hasta el punto de que muchos visitantes llegan de allí. Administrativamente, sin embargo, es cántabro.