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Qué ver en la bahía de Santander: dos orillas que comparten la misma agua
- La orilla de los reyes: la Magdalena, la corte de verano y la vela
- Veinte minutos de pedreñera: el cruce a la otra orilla
- La otra orilla: Somo, El Puntal y el Pedreña de Seve Ballesteros
- Cómo ver la bahía de Santander en un día
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Preguntas frecuentes sobre la bahía de Santander
- ¿Qué ver en la bahía de Santander en un día?
- ¿Cómo se cruza la bahía de Santander en barco?
- ¿Qué es El Puntal y cómo se llega?
- ¿Por qué veraneaba la familia real en Santander?
- ¿Qué relación tiene Seve Ballesteros con la bahía de Santander?
- ¿Qué es el Centro Botín y por qué cambió la relación de la ciudad con su bahía?
- ¿Se puede visitar la bahía de Santander en una excursión desde Bilbao?
La bahía de Santander mira hacia dentro, vuelta al sur, antes que al Cantábrico. La rareza tiene consecuencias. Mientras el resto de la costa norte encara el mar abierto, Santander creció hacia un agua mansa, abrigada del océano por una barra de arena y dunas, El Puntal, que rompe el oleaje antes de que alcance la ciudad. Ese abrigo está detrás de casi todo lo que vino después. Detrás de que un rey escogiera la bahía para veranear y de que la vela encontrara aquí su estadio natural. Y, en el lado de enfrente, explica las playas de surf y el campo de golf donde se formó el mejor jugador que ha dado España. Dos mundos sobre la misma lámina, a veinte minutos de barco el uno del otro. Ver la bahía de Santander consiste, más que en otra cosa, en cruzar de uno al otro.
La orilla de los reyes: la Magdalena, la corte de verano y la vela
La margen norte es la que sale en las fotos. La preside la Península de la Magdalena, un promontorio que cierra la bocana de la bahía y sobre el que se levanta el Palacio de la Magdalena, de aire inglés. Lo construyeron entre 1908 y 1912 por encargo del Ayuntamiento de Santander, que se lo regaló a Alfonso XIII y Victoria Eugenia para que pasaran aquí los veranos. Desde 1913 y hasta 1930, la familia real cumplió la cita cada año, y durante esas semanas Santander funcionaba como capital política del país: con el rey se mudaba la corte entera.

El monarca no vino solo por el paisaje. Vino, sobre todo, a navegar. Alfonso XIII competía en la bahía a bordo del balandro Tonino y del yate real Hispania, un quince metros que corría regatas con el resto de la flota aristocrática de la época. El agua abrigada, sin el oleaje del mar abierto, era un campo de regatas perfecto, y Santander se convirtió en la capital de la vela española. Lo sigue siendo a su manera. El Real Club Marítimo continúa en su sitio y en 2014 la ciudad organizó el Campeonato del Mundo de Vela, con la flota internacional entrenando por donde un siglo antes salían los balandros del rey.
A los pies del centro, el paseo marítimo enlaza los Jardines de Pereda con la península. Por el camino, Puerto Chico todavía amarra barcos de recreo donde antes fondeaban los grandes balandros, y enfrente, cerrando la entrada, asoma la isla de Mouro con su faro. El Sardinero, la gran playa de la ciudad, queda al otro lado de la península, ya de cara al mar abierto, fuera del abrigo de la bahía. La Magdalena es hoy un parque público que cualquiera atraviesa; el palacio enseña el exterior casi siempre, y para el interior conviene comprobar el calendario de cursos y actos que acoge.
Veinte minutos de pedreñera: el cruce a la otra orilla
Para pasar de un lado al otro hay dos caminos, y no se parecen. Por carretera, rodear la bahía lleva su tiempo, porque obliga a subir hasta el fondo del estuario, cruzar por Astillero y bajar de nuevo por la margen contraria. Por agua, son unos veinte minutos. Las lanchas que hacen la travesía se llaman pedreñeras, y la compañía que las opera, Los Reginas, lleva más de medio siglo cruzando la bahía todos los días del año. Salen del centro de Santander, paran en Pedreña y terminan en Somo; en temporada añaden servicio a El Puntal, la barra de arena adonde la ciudad cruza a bañarse. Ese paseo en barco por la bahía de Santander es, de paso, uno de los planes más asequibles para verla desde el agua. Para organizar el cruce, conviene elegir antes el desembarco. Pedreña queda más cerca del golf y de la vista de la ciudad; Somo es más práctico para playa, surf o caminar hasta El Puntal.

El trayecto es, en sí mismo, el mejor mirador de la bahía. Desde la cubierta, la Magdalena deja de ser un parque y recupera su forma de promontorio sobre la bocana; el frente urbano aparece como una línea baja y continua; y la costa de enfrente, verde y a ras de mar, se va acercando con sus arenales. La pedreñera pasa por encima del mismo canal por el que entran los cargueros al puerto y por el que salían, hace un siglo, los quince metros de la corona. Veinte minutos bastan para cambiar de mundo.
La otra orilla: Somo, El Puntal y el Pedreña de Seve Ballesteros
El lado sur es la bahía a ras de arena. La playa de Somo es larga y abierta al surf, con olas que aquí sí rompen porque dan al mar abierto, fuera del abrigo; Loredo prolonga el arenal hacia el este. Entre Somo y la bahía interior se estira El Puntal, la lengua de arena que protege el conjunto y que, con la marea baja, se alarga hasta casi tocar la Magdalena. Es la misma barra que el rey miraba desde su palacio, vista ahora desde el reverso.

La pieza que de verdad distingue este lado está un poco más adentro, en Pedreña. Sobre una loma que cae hacia el agua se extiende el Real Golf de Pedreña, un campo diseñado por el británico Harry Colt. Allí, el 9 de abril de 1957, nació Severiano Ballesteros, hijo de un hombre que trabajaba en sus terrenos. Empezó de caddie a los nueve años y aprendió a jugar a escondidas, pegando bolas en la playa con un solo hierro heredado de un hermano. Llegó a ganar cinco grandes y a ser el número uno del mundo, y en 1991 volvió para trazar nueve hoyos nuevos en el campo donde había empezado cargando los palos de otros. Mientras una orilla recibía reyes, la de enfrente criaba, sin que nadie lo hubiera planeado, a uno de los grandes golfistas europeos de todos los tiempos.

Desde Pedreña y Somo, Santander aparece entera al otro lado, alineada sobre su margen con el Sardinero al fondo. Es la vista que la propia ciudad no tiene de sí misma; para mirarse completa, Santander necesita ponerse enfrente.
La ciudad que le dio la espalda a su bahía: del relleno al Centro Botín
Esa fachada limpia, vista desde Pedreña, es más reciente de lo que parece. Durante buena parte del siglo XX, Santander vivió de espaldas a la bahía que la había hecho famosa; muelles, vías, una carretera y, al final, un aparcamiento fueron levantando una frontera entre el centro y el agua. La propia bahía menguó: más de la mitad de su superficie original es hoy terreno ganado al agua, relleno para el puerto, la industria y la ciudad. La lámina que hoy entra en las fotos es bastante más pequeña que la que vio Alfonso XIII desde su palacio.

La reconciliación tiene fecha y autor. El 23 de junio de 2017 abrió el Centro Botín, un edificio de Renzo Piano, con Luis Vidal, plantado justo sobre el agua, dos cuerpos curvos forrados de cerámica, con perfil de casco de barco, apoyados en pilares finos y volados sobre la bahía. Para hacerle sitio, el proyecto enterró la carretera que separaba los Jardines de Pereda del mar y dobló el tamaño del jardín, de veinte mil a casi cincuenta mil metros cuadrados. Por primera vez en mucho tiempo, alguien podía cruzar del centro a la orilla sin esquivar coches. La ciudad había vuelto a darse la vuelta hacia su bahía.
Cómo ver la bahía de Santander en un día
Un día alcanza para una ruta por las dos orillas, con un reparto sencillo. La mañana cuadra con la margen norte, con el paseo desde los Jardines de Pereda y el Centro Botín hasta la Península de la Magdalena y una subida al Sardinero si sobra tiempo. La tarde pide cruzar. La pedreñera sale del centro y deja en Pedreña o en Somo unos veinte minutos después; conviene consultar el horario del día, que cambia con la temporada, y la tabla de mareas, que en El Puntal lo decide casi todo, porque con la marea alta el arenal queda en una franja estrecha. La última lancha marca la hora de cierre de la jornada. Santander está bien conectada en tren y por la autovía del Cantábrico, y el centro queda a un paseo del embarcadero de las pedreñeras. En coche, lo razonable es aparcar en el centro y cruzar en barco, no rodear la bahía.

El problema, para quien llega de fuera, no es la bahía: es plantarse en ella y moverse por una ciudad montada alrededor de un puerto, con el coche y el aparcamiento de por medio. Desde Bilbao, buendía resuelve esa parte con una excursión de día guiada que deja el coche en casa y pone a alguien a contar por qué la ciudad acabó de espaldas a su propia bahía. La jornada para en Santander el tiempo justo para la margen norte, los Jardines de Pereda, la Catedral y el Centro Botín, con un rato libre para acercarse a la Magdalena, y completa la costa con Castro Urdiales y el faro de Ajo, el que Okuda cubrió de color sobre el acantilado. Es la orilla de los reyes con la logística ya resuelta. La de enfrente, la de Seve y las pedreñeras, queda pendiente, que es la mejor razón para volver y cruzar el agua por cuenta propia. Como alternativa y para quien quiere dedicar el día entero a Santander, el Tour Privado.
No hay un único punto desde el que mirar la bahía de Santander, y ahí está la gracia. La Magdalena enseña el mar entrando por la bocana; Pedreña devuelve la ciudad entera alineada sobre su costa; la pedreñera, a mitad del cruce, ofrece las dos cosas a la vez durante un rato corto. Ninguna orilla basta por sí sola. Para verla bien hay que meterse en ella, en medio del agua.
Preguntas frecuentes sobre la bahía de Santander
¿Qué ver en la bahía de Santander en un día?
Un día da para las dos orillas. Por la mañana, la orilla norte: Jardines de Pereda, Centro Botín, Catedral y la Península de la Magdalena. Por la tarde, cruzar en pedreñera a la orilla sur: Somo, El Puntal y el pueblo de Pedreña. Medio día por orilla cubre lo esencial.
¿Cómo se cruza la bahía de Santander en barco?
Con las pedreñeras, las lanchas que la compañía Los Reginas opera durante todo el año entre el centro de Santander, Pedreña y Somo. La travesía dura unos veinte minutos y en temporada suma una parada en la playa de El Puntal. Los horarios cambian según la temporada, así que conviene comprobarlos el mismo día.
¿Qué es El Puntal y cómo se llega?
El Puntal es la barra de arena y dunas que cierra parcialmente la bahía y mantiene mansa el agua interior. La pedreñera deja en El Puntal desde Santander, y desde Somo se llega a pie por la arena con la marea baja. Es una playa muy abierta y, fuera del verano, sin apenas servicios, condicionada por la marea, que sube deprisa sobre la lengua de arena y decide cuánto arenal queda al llegar.
¿Por qué veraneaba la familia real en Santander?
Porque la bahía abrigada era un campo de regatas ideal y Alfonso XIII era aficionado a la vela. La ciudad le regaló el Palacio de la Magdalena, levantado entre 1908 y 1912, y la familia real veraneó allí cada año entre 1913 y 1930. Durante esas estancias, Santander funcionaba como capital política del país.
¿Qué relación tiene Seve Ballesteros con la bahía de Santander?
Severiano Ballesteros nació en Pedreña, en la orilla sur, el 9 de abril de 1957. Su padre trabajaba en el Real Golf de Pedreña, y allí empezó él de caddie a los nueve años antes de convertirse en número uno del mundo y ganar cinco grandes. El campo, asomado a la bahía, sigue siendo una de las señas de esa orilla.
¿Qué es el Centro Botín y por qué cambió la relación de la ciudad con su bahía?
Es un centro de arte de Renzo Piano inaugurado en 2017, construido sobre el agua junto a los Jardines de Pereda. La obra enterró la carretera que separaba el jardín del mar y duplicó su superficie, de modo que por primera vez en décadas la ciudad volvió a conectar a pie con la orilla que durante mucho tiempo había quedado de espaldas.
¿Se puede visitar la bahía de Santander en una excursión desde Bilbao?
Sí. buendía opera un día guiado desde Bilbao que para en Santander el tiempo suficiente para recorrer la orilla norte, con los Jardines de Pereda, la Catedral, el Centro Botín y tiempo libre hacia la Magdalena, y completa la costa cántabra con Castro Urdiales y el faro de Ajo. La orilla sur, la de Somo y Pedreña, queda como plan para volver y cruzar la bahía por cuenta propia.